Hubieran merecido un pelotazo comercial de proporciones universales, pero "Drums and Wires" sólo generó, en los meses posteriores a su edición, una buena repercusión del single, "Making Plans for Nigel" y unas ventas poco más que discretas para el álbum en Gran Bretaña. Incomprensible, porque este disco lo tenía todo para sintonizar con una cierta sensibilidad imperante muy de aquel tiempo y, sobre todo, una colección de canciones soberbias inmejorablemente servidas por un concepto de producción muy lúcido.
XTC habían viajado discretamente camuflados en el vientre de la ballena punk en sus dos primeros álbumes y, justo cuando la aptitud se igualó en orden de prioridades a la actitud en el orden de exigencias del público, salieron a la luz con este tercer volumen. Que sólo muy tangencialmente ("Complicated Game") sintonizaba con las angustias existenciales post-punk de P.I.L, Gang of Four o Joy Division. Era algo distinto, nuevo y al mismo tiempo eterno. Era un regreso a las mejores esencias del pop sesentero británico, con un ramalazo Kinks incuestionable en el caso de XTC. Era el espíritu hedonista, irónico e inmediato de la New Wave.
Se trataba de ir descaradamente a la caza del estribillo perfecto, de la canción adictiva y de toda la fragancia de una tradición musical que uno llegaba a creer por entonces (ahora cuesta más) que iba incorporada al código genético de los nacidos en las Islas.
XTC son, por encima de todo, una sociedad relativamente bien avenida de dos creadores excepcionales: Andy Partridge (guitarra) y Colin Moulding (bajo). Se repartían el trabajo de composición, consensuaban las características del sonido de cada tema y, contando con el privilegio de ser frecuentados por las musas de mejor provecho, alumbraban canciones maravillosas.
"Drums and Wires" está siendo recuperado (y reivindicado) con los años por una facción creciente de adictos al pop por la cara. Muchos nos habíamos acomodado a la idea de pensar en una banda de segunda fila, capaz de acumular una respetable colección de singles estupendos, pero dispersos a lo largo de una generosa discografía. Carne de recopilatorio. Pero la escucha te pone ante la evidencia de una injusticia enorme. Claro que esas musas con las que a finales de los setenta hacían tertulia diaria Partridge y Moulding fueron, con los años, espaciando sus visitas y siendo más tacañas con el peso específico de sus revelaciones, pero, ¿a qué bandas de mucho más renombre no les ha ocurrido lo mismo? Además, aunque no hubiera en la carrera de XTC otro álbum aparte de "Drums and Wires", creo que ya sería suficiente para encumbrarlos como grandes entre los grandes.
El disco es una delicatessen de bombos y alambre dulce, recorrido de principio a fin por un saludabilísimo humor nonsense con raíces en el teatro de variedades (¡otra vez Kinks!), fortalecido por ritmillos skatalíticos y hasta por bendiciones del azar: la salida del teclista, Barry Andrews, poco antes de su grabación y su sustitución no por otro teclista, sino por una segunda guitarra (David Gregory) que da, en la interacción con Partridge, una especial carnalidad y vibración al sonido XTC. Hijos de un momento donde la heterogeneidad y la exhibición de un marcado carácter propio tenían premio, XTC levantaron, casi en secreto, uno de los monumentos mejor conservados no ya de su época, sino de toda la historia del Pop. Ahora ya lo sabemos algunos más.
texto: Alfonso García.
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