Veredicto final

The Verdict

Sidney Lumet

(EEUU, 1982)

 

Paul Newman. El Hombre perfecto. El tipo más deseado de la Tierra durante décadas -y, por ende, Joanne Woodward la mujer más odiada/envidiada-. Marido fiel y diligente, persona sencilla y, para colmo, siempre implicado en diversas causas solidarias, como esa marca de salsa de tomate que lleva su nombre y cuyos beneficios van íntegros a tareas benéficas. Newman es lo que se dice un auténtico héroe americano. El ganador que todos querrían ser en la tierra de las oportunidades y que, sin embargo, por esas cosas del destino, nació para interpretar a perdedores. Qué bien le sentaban esos papeles de fracasado o de granuja de medio pelo. El Luke de "La leyenda del indomable" , el Eddie Felson de "El buscavidas" o este Frank Galvin de "Veredicto final" , un abogado con un pasado turbio como el lúpulo de las cervezas que se bebe de buena mañana, entre whisky y whisky. Un ser acabado en todos los sentidos que atisba una pequeña senda redentora en forma de litigio importante que, tal vez, le viene demasiado grande. La amargura del derrotado y discursos ante el tribunal. Paul debió frotarse las manos al leer este guión que David Mamet urdió para que el maestro Lumet lo dirigiera.

 

Es el cine de juicios un subgénero tan recurrente que, a grandes rasgos, vista una película, vistas todas. "Veredicto final" no vino a sumar (ni a restar) nada a tan manoseados argumentos, excepto lo que pudiera aportar una figura como Sidney Lumet , maestro de la pausa, escoltado a la diestra por el icono Newman y a la siniestra por un James Mason tan astuto como malicioso. Ambos protagonizan el enésimo David contra Goliath intramuros de una corte judicial, aunque con encuadernación de lujo y letras de pan de oro.

 

Alguien decidió hace tiempo que las cámaras no debían para quietas; que la acción y la tensión irían proporcionalmente unidas al número de planos por segundo. Evidentemente ese alguien vio pocos "veredictos finales"; de lo contrario sabría, como Lumet, que la cámara debe ser tan sólo el testigo, el voyeur, y no el protagonista. Porque ese puesto se lo ganaba aquí a pulso, y a golpe de miradas azul-celeste, un tal Newman. Paul Newman.

 

 

 

Enrique Campos.

 

 

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