Por muchos motivos, he aquí el más imprescindible entre todos los discos imprescindibles de Tom Waits . "Swordfishtrombones" abre su etapa Island, tras el callejón sin salida en el que estaba a punto de meterse en Asylum. "Swordfishtrombones" inaugura también esa trilogía de plenitud que continuarían "Rain Dogs" (1985) y "Franks Wild Years" (1987), y es el primer fruto de la más que benéfica entrada en su vida y obra de Kathleen Brennan .
El mundo de Tom Waits sigue en ese exterior noche lluvioso y frío (por mucho que estemos en California, al pie de las colinas presididas por el gigantesco rótulo que promete o amenaza HOLLYWOOD). También invita a pensar en una cierta continuidad que el cabaret de Tom Waits conserve la familiaridad que ya tenían sus habituales con un juguete mecánico que se pone en marcha sólo cuando la gente normal descansa en sus confortables camas. Tom Waits habita allí y desde allí llama, con sus gruñidos de perro empapado, a los fieles que, aunque acudimos con las mismas expectativas que un crío a un parque temático, por si las moscas siempre ocultamos en un bolsillo el billete de regreso.
Pero si nos quedamos ahí, "Swordfishtrombones" no sería esencialmente distinto de trabajos anteriores, como "Heartattack and Vine" , "Small Change" y "Blue Valentine" , relatos de un poeta alcoholizado que anima las noches de algún sórdido tugurio angelino. Entonces, ¿por qué pareció tan radicalmente innovador? Todas las teorías apuntan a que la Brennan le sometió a intensivas sesiones de escucha de Captain Beefheart y le separó de la autocompasión morbosa de ser simultáneamente narrador y protagonista de sus epopeyas de cloaca. En "Swordfishtrombones" Waits abandona el escenario y, adoptando una distancia brechtiana, cede el protagonismo a sus delirantes criaturas. Por el camino se ha empapado también de la vieja herencia de Kurt Weill y afilado su sonido llenándolo de aristas cortantes y reduciendo a la mínima expresión la coartada de sus hermosas baladas con piano de los setenta.
En el capítulo sonoro, Waits dinamita los puentes que le unían a la tradición de vocalistas storytellers amparados en un blues-jazz más o menos sofisticado. Entran en escena las marimbas y xilófonos, crecen las guitarras punkoides y asoman por el horizonte los tambores del ghetto. Waits abandona el delirium tremens de los perdedores habitantes de autocaravanas y se embarca con algunos de ellos, y con otros que pronto nos serán familiares, en un viaje a un mundo mucho más inconcreto, más atemporal y más europeo.
Aquí ya se han acabado las dudas y las contemplaciones en la forma de ¿cantar? de Tom Waits . Ruge, amenaza, gruñe, recita y, en baladas como "Soldier's Things" o "Johnsburg, Illinois" , demuestra que sigue intacta su capacidad para dejarnos hechos polvo con su lírica del desamparo, o del insospechado candor. A partir de aquí, y todavía veintitantos años después, la voz más bella de la música contemporánea.
"Swordfishtrombones" es un Waits menos espirituoso, más literario y oscuro, más inspirado y valiente en sus propuestas sonoras, mejor letrista y fundador de un subgénero, "Waitsworld", en el que pueden haber surgido vecinos relativamente próximos, pero que hace fracasar o sonar desesperadamente ridículo a cualquier aspiratne a la emulación. En este infierno en el que los chuchos famélicos hurgan en los cubos de la basura, en el que marineros verborreicos acechan con el relato de sus hazañas de tebeo rancio, en el que vagan amantes necrófilos... aquí está el reino de un artista que se hace muy muy grande precisamente en este disco. Porque demuestra su voluntad de avance, su aversión por la impostura y su decisión (primer título que firma en solitario como productor) de hacer lo que le venga en gana como le venga en gana y donde se lo consientan.
texto: Alfonso García.
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