Para los obsesos del factor "ético" en el rock, un dilema y una provocación. ¿Impostores?, ¿oportunistas? Veamos, en la época de lanzamiento de este su debut, el calendario afirmaba que Hugh Cornwall y sus muchachos promediaban cuando menos un lustro más de edad que lo habitual en las emergentes bandas punk. Eran músicos curtidos en el circuito de pubs que habían empezado en una onda distinta y que, en apariencia, se subían en marcha, muy espabilados ellos, a lo que se adivina un tren de corto pero fructífero recorrido. Los coqueteos posteriores de Stranglers con el pop neorromántico de sintetizadores tampoco jugarán en favor de la reputación de su "autenticidad".
Otra diferencia no desdeñable respecto a sus compañeros oficiales de movimiento está en la no disimulada pericia instrumental de la banda, en contraste con la indigencia técnica que se presuponía en los preceptos del dogma punk. El teclista, Dave Greenfield, suena ya desde el principio como una evocación nada casual a los Doors y a la psicodelia de diez años atrás. El poderosísimo bajo de J.J. Burnel no es posible sin un oficio más que consolidado y el propio Cornwall parece siempre alguien con todas las tablas del mundo, como vocalista y a la guitarra.
Incluso en este furioso, divertido e incuestionablemente punk "Rattus Norvegicus" encuentras peculiaridades tan extrañas al neoacademicismo del subgénero como las cuidadas armonías vocales, los solos instrumentales y los largos desarrollos, la búsqueda permanente de la perfecta melodía pop (aquí emparentan, aunque por vías muy distintas, con Ramones)...
Pero trasladar el centro del debate Stranglers a si estos tíos son o no aceptables como punks es practicar un reduccionismo muy aburrido. Porque, a la vista de la contundencia de las estupendas canciones y del cautivador sonido de la banda, ¿qué mas da? Sus performances eran las más salvajes del momento (tal vez sólo igualadas en violencia por los conciertos de Sex Pistols); sus textos, ultramisóginos, les garantizaron el odio eterno de toda feminista que pasase por ahí; su estilo de vida, aunque no tan divulgado por los medios como el de otros superstars, era cualquier cosa menos propio de unos fingidores cabalgando hábilmente sobre la cresta de una ola que no habían contribuido a generar. Así que podían ser unos zorros viejos, pero no unos camaleones obsesionados con calcular qué orientación o qué disfraz podía rendir más dividendos.
"Rattus Norvegicus" es una imparable sucesión de cañonazos pulidos por la clarividente producción de Martin Rushent. Casi todas las canciones tenían potencialidad de single ganador e ingredientes altamente adictivos. No se le puede pedir más a un gran (extraordinario) disco de punk-rock: nervio, inspiración, bronca y estribillos para la eternidad. Un disco al que habría que resituar con urgencia entre los capitales del año 1977, de la década, del punk y de la historia completa del Rock.
texto: Alfonso García.
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