_artículos
_secuencias al descubierto
_Adaptación de la novela de Elfriede Jelinek, acerca de una profesora de piano de turbia mentalidad y de la relación que mantiene con un alumno de menor edad.
El talento de un autor no sólo debe medirse por el número de aciertos que sustenta su obra sino también por considerar la elección de no tratar de jugar a ser un gran director, como es el caso de Michael Haneke, que plantea de entrada de manera claramente consciente con qué valores está dispuesto a trabajar para poder explotarlos hasta donde limiten sus capacidades.
Así, nos encontramos ante una película bien construida, sencilla, humilde; con una excelente dirección de actores y bastante controlada en cuanto a la utilización de los recursos del lenguaje.
Haciendo un análisis del guión literario con especial hincapié en la construcción de personajes, el film inicia con la presentación de la relación entre nuestra protagonista, Erika Kohut, interpretada por la premiada Isabelle Huppert; y su madre, interpretada por Annie Girardot. Erika, entrada en la cuarentena, es regañada por su madre al llegar a casa, registrándole el bolso, donde encuentra un austero vestido que considera atrevido además de un capricho caro e innecesario que ambas rompen tirando de él, provocando así una discusión donde se insultan y llegan a pegarse.
La madre viste una bata color rojo sangre, mientras que toda la casa está decorada en valores acromáticos, de manera muy ordenada y cuadriculada, como por ejemplo las paredes del baño, de remarcados azulejos oscuros sobre juntas blancas.
Duermen en la misma habitación, sus camas están pegadas. La madre le pregunta qué tal ha sido su día y da muestra de saber con qué alumno ha tenido clase hoy, sólo por el día de la semana en que se encuentran. Ella le contesta elogiando el talento y esfuerzo de su alumna, destacando su habilidad para interpretar a Schubert. La madre le reprocha que hable bien de una alumna que toque a Schubert, ya que es su especialidad y no debería dejar que nadie la supere.
Durante las clases y en los descansos, Erika, acostumbra a mirar por la ventana.
Su madre y ella entran juntas en un edificio, escuchan la puerta volver a abrirse y ella se gira para mirar, viendo como se acerca un chico joven, a quien cierra la puerta del ascensor, estableciendo así una magnífica presentación de su relación con este nuevo personaje, Walter Klemmer, interpretado por el también aquí premiado Benoît Magimel: ella le cierra la puerta, encerrándose con su madre en el ascensor, y él habrá de subir por las escaleras, cruzándose con ella y dirigiéndoles una inocente mirada y sonrisa en cada piso que suben, hasta llegar a la puerta de su destino, donde él intenta presentarse en vano, ya que ellas cruzarán la puerta del domicilio ignorando su presencia, hasta que la anfitriona lo anuncia como su sobrino.
Durante el recital, la madre de Erika es la única que come, clara muestra del desprecio que siente hacia el trabajo, talento o figura de su hija, siendo encuadrada en un gran plano general, como una más del público. Por el contrario, el joven Walter muestra su especial admiración con una viva mirada y sonrisa, siendo encuadrado en un primer plano. Al finalizar la partitura, él será el único que grite ¡bravo!
Aquí cabe resaltar también el contraste entre el estilo minimalista del film y el estilo barroco de la pieza que tocan, de J. S. Bach, a quien acompaña al piano un intérprete de gran parecido a Glenn Gould, el reconocido mejor intérprete de Bach del mundo: ¿simple casualidad o un pequeño homenaje por parte de Haneke?
Una vez todos en pie, la madre no tardará un instante en acudir a su hija en otro gesto superprotector, colocándole un jersey sobre la espalda. Después, el anfitrión de la fiesta, dedicará su atención a la madre de Erika, mostrándole su colección de instrumentos de cuerda y otros haberes, mientras ésta, celosa de su hija, la controlará en la distancia vigilando cómo Walter y ella conversan, menospreciando el trato recibido por el caballero, tío del chico.
En la segunda parte del recital, Walter anuncia que iba a interpretar el Opus 33b de Schoenberg, pero que después de la conversación con Erika, donde ella ha mostrado su interés por Schubert, ha decidido interpretar el Scherzo de la Sonata en La Mayor de éste; donde me permito añadir que un scherzo, como indica su terminología italiana original, significa juego, broma o diversión, y que en música suele representar el movimiento menos denso, menos grave, o casi riente, de la composición (sonata o sinfonía romántica) en la que se inserta. Considero muy acertada esta elección por parte del autor.
Como muestra de valor comparativo, mientras Walter toca, Erika también es encuadrada en primer plano, donde con voz en off pronuncia: “Sueñan con todo lo que no tienen, se nutren de lo bueno y de lo malo; y a la mañana siguiente todo se disipa”. ¿Se refiere a los jóvenes, más bien a los hombres? ¿En qué piensas, Erika?
Al día siguiente vemos como tortura a la alumna de la que habló bien, le hace creer que no tocará a Schubert en el concierto académico.
Después comprobamos que la madre sigue atosigándola, interrumpiendo su intimidad, mediante una llamada telefónica al domicilio donde ha quedado para ensayar. Y la música que tocan se encabalga con la siguiente secuencia, en la que acude a un sexshop, igualando el valor que puede tener para ella la música con el sexo, donde tropieza con un hombre y se sacude el hombro, como muestra de su rechazo al contacto humano; para luego entrar en una cabina y excitarse viendo un vídeo pornográfico donde la actriz le practica una felación al actor en una posición claramente incómoda, e inhalando los restos de esperma encontrados en un pañuelo usado sacado de la papelera de la cabina. Está sumida en la oscuridad, no se ve nada a su alrededor, y vuelve a entrar la música con un segundo encabalgamiento sonoro que da paso a la siguiente secuencia donde acudimos a un ensayo a dúo entre un barítono y su profesor de canto, y la alumna que destaca por su interpretación de Schubert y ella, Erika. Walter irrumpe en la sala para hacerle una gestión siendo rechazado y humillado con dureza públicamente.
Damos paso a las pruebas de acceso a las clases magistrales que imparte Erika a las que se somete Walter. Es curioso que empiece su programa de partituras con la pieza que se dejó pendiente en el recital privado donde se conocieron, el Opus 33b de Arnold Schoenber. Después daremos paso a varios cortes de plano donde cambiarán las piezas que interpreta y en los que nos acercaremos a Erika en progresión escalar desde un gran plano general, a un plano general, un plano medio y, por último, un primer plano como muestra del interés que este joven empieza a suscitar en ella.
Durante el claustro de profesores donde determinarán los admitidos al curso, Erika, pura frialdad, estará haciendo rallajos sobre su folio en lugar de tomar notas acerca del aspirante a alumno. Lo criticará ante sus compañeros y no dará su consentimiento, no obstante, su voto es sólo uno más y por mayoría absoluta éste será admitido.
Cortamos a la secuencia que más a dado que hablar esta película: en la que busca un momento de intimidad en el cuarto de baño de su casa para automutilarse; pero su madre volverá a estropearle la oportunidad interrumpiéndola para llamarla a cenar. Su placer resulta efímero, controlado. Después, en el salón, las reencuadramos a ella y a su madre, entre el marco de la puerta quedando el primer término completamente en negro. Erika está atrapada en la oscuridad y su madre, en parte, es testigo de ello, ya que descubre en ella una marca exterior de su mundo interno: ve bajar una gota de sangre por su pierna e interpreta que es fruto del periodo; su madre siempre está por medio, pero no es capaz de profundizar en su universo.
Pasamos a una secuencia en la que pilla a un alumno ojeando unas revistas pornográficas en un kiosco. Después, durante la lección, se lo reprochará y le pedirá que el próximo día vuelva con su madre. No obstante, la imagen nos muestra como ella, en parte, se siente reflejada en él, ya que la vemos reflejada sobre el piano en que él se encuentra.
Empieza su descanso y continúa mirando a través de la ventana. Pero Walter quiere verla, pasar el mayor tiempo posible con ella, y se adelanta a su hora, volviendo a interrumpirla. Comprobamos que él siempre viste de negro, lo que está directamente relacionado con el interés de Erika por el lado oscuro de la vida y del sexo.
Él se le declara. Ella, al terminar la clase, lo sigue a escondidas.
Frente a los valores acromáticos con los que se construye la película, ahora en la calle empezamos a observar rojos, como el de la bata de la madre.
Erika sigue a Walter hasta la pista de hielo donde juega al jockey. Allí los jugadores se meterán con las patinadoras para echarlas de la pista, pero Walter las animará, simpático, a quedarse a ver el partido ofreciéndoles dedicarles un gol. Erika contemplará esta escena desde fuera, encuadrada tras unos barrotes que parecen encerrarla en la cárcel de los celos y sentimientos que empieza a sentir por él. Así que miente a su madre y acude a desahogar sus necesidades sexuales a un autocine, donde comprobamos que el bar de este lugar también se viste exclusivamente de rojos y blancos (combinación más agresiva al ojo humano) y, al salir a la sala de proyección donde aparcan los coches, también tendrá que atravesar un espacio ocupado por coches rojos hasta llegar a una zona tan oscura donde todos parecerán negros.
La madre ve la tele y bebe alcohol, perspectivamente, sobre el piano. Después entrará en la habitación de Erika para tirarle la ropa que guarda en el armario: la madre es una enferma que no tolera que su hija tenga vida propia.
Un hombre, con chaqueta roja, coloca un cartel del concierto académico. En el interior, todo el teatro está vestido de rojo sangre, como la bata de la madre.
Walter observa a Erika desde lo alto de las butacas. Varias chicas jóvenes muestran su atracción hacia él; él se sonríe. Erika disimula para girarse y mirarlo.
Después, Walter se muestra amable con la alumna que interpreta a Schubert que, aun siendo un ensayo, se encuentra nerviosa. Erika no puede soportar la escena y, celosa, acude al guardarropa, donde envolverá con un pañuelo negro de seda un vaso de cristal que romperá para introducir los cristales rotos en el bolsillo del abrigo de su alumna. Tras el ensayo, un grito, Erika le dice a Walter que acuda a ayudar a la chica y se las dé de protector. Él observa cómo atienden a la alumna, a la que están vendando la mano con el mismo pañuelo que Erika usó para romper el vaso. Walter comprende lo ocurrido y mirará hacia el segmento superior derecho, cortaremos plano y veremos a Erika subiendo las escaleras a toda velocidad hacia el segmento superior derecho: sus caminos empiezan coincidir.
Pero él tendrá que superar una serie de obstáculos para acceder a ella: primero deberá colarse en el baño de señoras y, una vez allí, saltar la puerta tras donde ella se esconde. Erika saldrá, se besarán y, un instante después, comenzará a poner reglas y condiciones para que puedan mantener relaciones. Después ella lo dejará a medio camino del orgasmo y para consumir el acto abrirá la puerta a expensas de que alguien pueda verlos; a ella le produce morbo que puedan pillarlos en dichas circunstancias. Con la puerta abierta, la música entra de fondo. Ella le dice que le hará llegar por escrito sus reglas y condiciones.
Después la veremos en clase, charlando con la madre de la alumna a quien le ha provocado el accidente en la mano derecha, y será por vez primera con el pelo suelto, vestida de rojo y con los labios pintados del mismo color. ¿Se ha arreglado para alguien? Efectivamente, hará salir a la madre del aula y entrará Walter. Ella aparenta ahora ser más joven. Erika le entrega un sobre que contiene las reglas que mencionó en el baño. Sale a la calle vistiendo un sombrero rojo y ahora es Walter quien la sigue a ella, y lo hará hasta su edificio, llegando a entrar incluso en su casa. Donde ante el asombro de la madre se encerrarán en la habitación de Erika, impidiéndole el paso a la madre colocando un armario contra la puerta. Pero nuestra protagonista no participa de los besos de Walter, dejando muertos sus brazos, mostrándose, como hasta ahora, con terrible frialdad. La madre tratará de espiarlos manipulando el volumen del televisor. Se le vuelve a ver bebiendo alcohol. En la televisión hablan de un incendio: la cosa está que arde. La madre vuelve a intentar entrar, pero no puede; en la pantalla es una mancha negra sobre la puerta blanca.
Walter leerá en voz alta las normas establecidas por Erika. No dará crédito a lo que lee. Intentará irse, pero tendrá que superar, nuevamente, un obstáculo, el armario. Ella se siente rechazada, humillada; le suplicó a Walter su compasión y comprensión, pero él no pareció acceder.
Se acostará en la cama, junto a su madre, y se abalanzará sobre ella besándola y gritándole de manera nerviosa que la quiere. Su madre se limita a pedirle que descanse para no fallar en el concierto. Erika ha de reprimirse. Pero al día siguiente acudirá a la pista de hielo donde Walter juega al jockey: quiere recuperarlo y se disculpará por haber ido demasiado deprisa.
La siguiente secuencia es el momento álgido de la narración. Walter se verá arrastrado a tratar de satisfacer los deseos de Erika entrando en su casa a la fuerza y propiciándole una paliza, tal y como ella describía en su carta. Pero las cosas no salen como tenían previstas. Al día siguiente, en el concierto, su madre volverá a menospreciarla en público y a la llegada de Walter, manteniendo las formas, la saluda sin detenerse a hablar con ella, volviendo a sentirse rechazada, ignorada, por lo que vuelve a automutilarse; esta vez no en el baño, sino en la soledad del hall del auditorio, del que saldrá comprendiendo que su crepúsculo ha tocado fin.
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texto: Joaquín Regadera.
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