Si nos forzasen a personalizar en un solo nombre los conceptos jazz y libertad, puede que muchos encabezásemos la lista, más o menos larga, con Ornette Coleman . Hacía falta no poco valor para lanzar una propuesta semejante en 1959. Tanto como para afrontar acusaciones tan peregrinas como que el sonido de Coleman era una piqueta obscena diseñada para machacar los monumentos del género, y que su valor artístico no iba a tener más alcance que el de la voluntad provocadora. Aunque, probablemente, los únicos que tenían derecho a sentirse provocados por una obra de estas características fuesen los nostálgicos de la era del swing. Todas las audacias conocidas hasta la fecha tenían coartada: las de Coltrane , las de Mingus , las Miles Davis y hasta las de Eric Dolphy . Pero Ornette Coleman venía con una gramática futurista, ácida y sin concesiones. Lo que Atlantic tenía el valor de poner en el mercado (¡vaya personaje Nesuhi Ertegun !) era rigurosamente seminal, con todo el vigor y la poesía de los primeros dibujos de un crío y el rigor secreto de alguien que pisaba siempre suelo (melódico) firme, y bien firme.
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Ornette Coleman: Roma 1974
Así que, donde algunos sólo encontraron disonancia feísta, iconoclastia de baratillo y pedantería para consumo exclusivo de iniciados, otros hallaron un abrevadero del agua más fresca que podía encontrarse en la música de entonces. Manando, además, a borbotones, sin respetar cauces pero (en contra de lo que afirmaban los catastrofistas), sin voluntad de no dejar piedra sobre piedra en la tradición acumulada hasta la fecha por el jazz.
texto: Alfonso García.
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