
(Reino Unido, 1958)
"Mirando hacia atrás..." no es ni pretende ser un evangelio de la pareja; entre otras cosas porque, si todos los matrimonios fuesen como el que John Osborne imaginó en su obra de teatro, no habría existido esta película; no habría existido la rueda, ni el fuego, ni nada de nada. La humanidad se habría autoinmolado prematuramente a golpe de sartenazo (o de pedrada). No; el texto de Orborne y, por ende, esta soberbia adaptación de Richardson, tan sólo trata de acotar el campo de batalla de una pareja en concreto que, no por estereotípica, deja de ser menos real: el "la quiero, pero la mataría", el "ay amor, cómo te odio". Dos polos opuestos que cruzan sus trayectorias vitales para hacer saltar chispas en la salud y en la enfermedad, en la pasión y en el reproche.
Jimmy Porter, el personaje que Richard Burton se pone por montera, vive alimentándose de odio. Consiguió a la mujer de sus sueños, la preciosa Alison (Mary Ure), consiguió que toda una "Rosa de Inglaterra" se fijara en un desheredado como él, que renunciara por él al lujo de la alta burguesía; pero todo sacrificio es poco para la clase de ira que fluye por las venas de Jimmy. Ella está ahí para él, comiendo lo que él come, viviendo su misma miseria de buhardilla infecta; pero él no puede perdonar estar en deuda con nadie. Desprecia lo que tiene, pero también lo que no puede tener. Y así, a golpe de rencor, va destrozando el corazón de la única persona que quiere (y que le quiere). A veces el hombre es un animal muy extraño.
Tony Richardson, padre del Free Cinema y figura eminente de la nueva ola del cine británico de los 60, acomoda en la gran pantalla la obra de Orborne sin estorbar demasiado. Consciente de que "Mirando hacia atrás..." era, sobre todo, una tarea de actores, se limita a abonar el terreno para que sean ellos los que tengan la primera y la última palabra. Richard Burton contra Mary Ure (su Alison), Richard Burton contra Claire Bloom (la mejor amiga de Alison), Richard Burton contra el mundo. Sus descargas temperamentales son como aquél Atila, que no dejaba una brizna de hierba viva tras sus pasos. El entonces futuro marido de Liz Taylor deshoja una docena de monólogos cortos que son dinamita en los labios (y en los ojos) de semejante fuerza de la naturaleza. Ese Jimmy Porter que engendra habría hecho buenas migas con el Stanley Kowalski de "Un tranvía llamado deseo"; habrían compartido borrachera y orgullo de paria. Y aunque Burton nunca fue ese pavo real narcisista que era el Brando veinteañero, ambos compartían querencia por los caracteres impulsivos y fogosos. No obstante, Richard repetiría años después el universal ejercicio de arrojarse los trastos a la cabeza en "¿Quién teme a Virginia Woolf?". Ahí, para más inri, pertrechado del conocimiento de causa que le concedía su matrimonio en la vida real con la diosa Taylor.
"Mirando hacia atrás con-sin" es capaz de recargarnos las pilas emocionales para una buena temporada. Con tipos como Richardson se acabaron los cuentos de hadas y los banquetes de perdices, y salieron a la superficie, en todo su penoso esplendor, la inquina y los sentimientos más abisales. Sentimientos reales, sin paliativos. El dolor hecho carne.
Enrique Campos.
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