MINIFICCIÓN MEXICANA

 

Imaginemos por un momento ir a cazar mariposas con un rastrillo de jardinería y entenderemos lo que significa querer saber en qué consiste la Minificción a partir del mero concepto.

 

Al hablar de minificción una mágica constelación de nombrecitos se alborotan en lontananza: minirrelato, minicuento, microrrelato, minitexto, microficción y hasta relato enano. Cualquiera que quiera verse adelantado puede dar cuenta entonces de que como característica primaria de la asunción natural de estos textos está la brevedad, lo micro, lo mini. y cómo no! lo enano también, aunque no con carga peyorativa, sino en consonancia con esos pequeños personajes, siempre mágicos que serenan sobre el cuento.

 

Y como ya hablé del cuento, es oportuno que sepamos de qué se trata, si de un cuento en el estilo tradicional que todos conocemos y que por desgracia Disney, la compañía pero no Walt,. ha menoscabado, o si se trata de una nueva especie de relato. No es tan sencillo como pensar que el minicuento sea un cuento en chiquito. Pues mientras el cuento es mucho más largo, la minificción no debe sobrepasar la extensión de una página, alrededor de doscientas cincuenta palabras a lo sumo. Y de esta sencilla premisa se desprende la colosal diferencia entre el cuento tradicional y la minificción, pues esta reducción en la extensión narrativa genera características muy importantes: economía del lenguaje, intensidad del efecto, condensación y rigor, unicidad de concepción y recepción y el uso de la elipsis como recurso narrativo estrella. Y la más importante quizá: la lectura activa, participativa, incluyente y cómplice del lector, sin la cual la minificción no existe, ya que el texto se completa sólo si el lector es capaz de desentrañar el misterio del final epifánico, para lo cual debemos contar con cierto bagaje cultural, pero yo mejor diría que con una gran imaginación, pues no olvidemos que estamos hablando de ficción y siempre que la verosimilitud espolea en las ancas del caballo, los tritones marinos pueden sobrevolar la tierra para mecer el sueño

 

Bíblica de Juan José Arreola, nos puede servir primero como goce y después como ejemplo:

 

Levantó el sitio y abandonó el campo. La cita es para hoy en la noche. Ven lavada y perfumada. Unge tus cabellos, ciñe tus más preciosas vestiduras, derrama en tu cuerpo la mirra y el incienso. Planté mi tienda de campaña en las afueras de Betulia. Allí te espero guarnecido de púrpura y de vino, con la mesa de manjares dispuesta, el lecho abierto y la cabeza prematuramente cortada.

 

El título del texto es inequívoco pero también osado. Nos ubica de entrada y sin lugar a dudas en la Biblia, pero final y principio siempre están mordiéndose la cola, y lo que en un principio aparece como esfinge serena, sólo hasta el final se revela. La palabra bíblica de inmediato nos remite a la historia sagrada, que es femenina. El título es un dato que la lectura rauda del texto nos hace desdeñar, pero que al final deslumbra a través de su eco pues al anunciarse "la cabeza prematuramente cortada" aparecen los nombres de la pareja antonomásica de Salomé y San Juan Bautista. Recordemos también que esta historia lleva el nombre de Salomé y no el del Bautista. De ahí que podamos explicar el título de Bíblica a través del principio de sustitución irónica, pues Bíblica es la mujer fatal a través de sus diversos nombres: Salomé, Lilith, o Judith.

 

Los elementos bíblicos marcan la otra relación del título con el texto, tenemos: la mirra, el incienso y el púrpura. Mirra e incienso son como sabemos, dos de los regalos que llevaron al Dios en el pesebre los Reyes Magos durante el festejo de la Natividad. Además de ser regalos para Dios, tienen una simbología propia. La mirra es una sustancia perfumada que los antiguos tenían por un bálsamo precioso, viene en forma de lágrimas y tiene un color rojizo. Estas características la vuelven símbolo del hombre: el color rojo representa la sangre, la forma de lágrima al dolor y su regalo el bálsamo para el género humano. El incienso es una resina olorosa que se quema en ceremonias religiosas como símbolo de adoración. Por último tenemos aunado el púrpura de las investiduras, que caracteriza las autoridades religiosas participantes del rito católico.

 

Los tres elementos se unen para dar un sentido nuevo a la historia de Salomé donde la directora de orquesta siempre fue la mujer. A diferencia en este texto, encontramos a un Juan el Bautista plenipotenciario y casi malévolo que juega con su autoinmolación, pues la mujer fatal que va por su cabeza, acaba por ser partícipe del rito eucarístico. Es decir, en sucintas siete líneas se reinventa una historia muy desgastada, se ironiza, se pervierte y se divierte.

 

Melissa Niño

 

 

 

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