Rebautizar tan escatológicamente una famosa cadena de tiendas (o lo que sean) no tiene, lo juro, nada de maldad de cosecha propia. Pidan ayuda al tío Google, pongan la palabra "Mierdamarkt" en el buscador y hallarán la fuente de procedencia del neologismo. No es otra que el cabreo de cientos, ¿miles? de presuntos clientes que se dan de bruces con la realidad de lo que esconden esas increíbles gangas, esos duros a cuatro pesetas que ofertan semejantes benefactores de la humanidad.
¿Contra qué claman esos desagradecidos? Historias para no dormir: pantallas de plasma que resultan de plasta, ordenadores de prestigiosísimas marcas que dan todos los síntomas de ser mercancía usada, reciclada, de desecho e incluso adulterada. Equipos informáticos que de las tales prestigiosísimas marcas al parecer conservan poco más que la carcasa, ya que buena parte de las tripas han sido objeto de un habilidoso o burdo trasplante. Los componentes originales pueden ser sustituidos por equivalentes "chinorros" importados a bajísimo coste, no sujetos a ningún control de calidad y, lógicamente, con las prestaciones y la viabilidad para el uso que ustedes puedan imaginar. Podríamos seguir con los iPod de la señorita Pepis, los MP3 de atrezzo, los navegadores que naufragan nada más soltar amarras...
Hay quien se pregunta, infundadamente o no, a cuánto está el kilo de concejal. Cabe preguntarse, dada la al parecer inexistente labor de fiscalización que debería ser consecuencia de tan graves denuncias, a cuánto está el miligramo de inspector de Hacienda, o para qué narices sirven las mil y una burocracias municipales, autonómicas, estatales cuando el fraude y la estafa se convierten en instrumento de lucro cotidiano.
¿Harán la vista gorda porque Mierdamarkt fabrica empleo?, ¿qué clase de empleo?, ¿tal vez contratos basura casi en exclusiva? ¿Y cómo es el empleo que Mierdamarkt destruye en número muy superior? Técnicos cualificados, pequeñas y medianas empresas sujetas a las leyes, comercios especializados donde el cliente recibía un trato digno y fiable.
Mierdamarkt se permite unas bochornosas e implacables campañas publicitarias que trazan un retrato robot muy poco piadoso del cliente que persiguen. Aparte ofender a su potencial parroquia con estridentes cuñas que parecen sólo aptas para gárrulos incurables, se permiten en ellas lanzar a lo que llaman "competencia" (retratada subliminalmente como vampiros, careros y usureros) pullitas, cortes de manga verbales y nada veladas alusiones a que su pujanza (la de Mierdamarkt) es fruto de la más desinteresada filantropía y la ruina de otros deriva exclusivamente de una avaricia escandalosa. Los gerentes de Mierdamarkt, además de mentir como bellacos, parecen regodearse en la provocación y en la desgracia ajena. Una desgracia que sólo es posible, conviene reiterarlo, por la pasividad de quienes deberían velar por los derechos del consumidor. Por favor, que esos chorizos no llamen "competencia" a sus víctimas. La gente honrada no puede competir con delincuentes.
Mierdamarkt ha entrado a saco también en el sector en el que quien suscribe trata de ganarse la vida: la venta de soportes discográficos. Al parecer los beneficios multimillonarios generados por las condiciones de venta de otros artículos (descrita por los usuarios cuyas cuitas pueden ustedes encontrar, insisto, con ayuda del tío Google) dan para utilizar los discos como mísero cebo de captación. Cualquier día empiezan a regalarlos. Nada que hacer en tanto las compañías (esencialmente filiales de multinacionales, pero también alguna que otra distribuidora de sellos 'indie' que ha sucumbido a la desesperación) consideren digno que su catálogo se salde en esta suerte de vertederos, conforme a unas condiciones de compra dizque leoninas y hurtando al disco toda su capacidad de fascinación, todo su viejo prestigio. Convirtiéndolo, en un pedazo de plástico inerte.
Mierdamarkt (y otros émulos que a su imagen y semejanza surgen y surgirán) es, en efecto, el Midas a la inversa que convierte todo lo que toca en materia fecal. Pero lo que hacen sería rigurosamente imposible sin la aquiescencia, por una parte, de grandes marcas de informática y electrodomésticos que no recurren, como debieran, a los tribunales: por fraude y competencia desleal. Sería rigurosamente imposible sin la aquiescencia de unos consumidores que, bajo el lema "mientras sea barato, lo mismo me da liebre que gato" lo desconocen o lo quieren desconocer todo en cuanto a su potestad para exigir calidad, servicio posventa, garantías y, por supuesto a su derecho (yo diría que hasta deber) de denunciar las fechorías que les hagan en lugar de, mansamente, conformarse con el reintegro del importe abonado.
En el terreno de la música, lo que hace Mierdamarkt sería rigurosamente imposible si la bendita endogamia (sólo gente del mundillo, por favor) que caracterizaba hasta hace pocos años el acceso a los cargos de decisión en las filiales ibéricas de las "multis" no hubiera dado paso a estelares fichajes de ejecutivillos imberbes con llamativo "máster" en alguna universiad extranjera de campanillas. Estos elementos, carentes de la mínima cultura musical, que aterrizan en una discográfica como podrían hacerlo en una cementera o en un emporio de la charcutería, son los responsables de la situación que nos ha llevado, mucho más que la piratería callejera e informática, al hundimiento irreversible del sector en España (en España, reitero, porque en el mundo civilizado consigue sobrevivir con razonable salud).
Ellos, los de Mierdamarkt, desde luego no son tontos. Esperemos que empiece a haber alguien (competencia masacrada, jueces, organizaciones de consumidores...) que empiece a pensar que ya se pasan de listos.
Alfonso García.
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