
Homosexualidad, racismo y miseria social en pleno auge del gobierno thatcheriano. Stephen Frears haciendo amigos en los cuatro puntos cardinales del Imperio Británico. Todos, paquistaníes e ingleses, ingleses y paquistaníes reciben sus dosis de azotes de parte del director inglés para dejar claro que, ante todo, el hombre es el lobo del hombre, y que el color de la piel o las dimensiones del cuarto de baño son meras excusas para dar rienda suelta a una naturaleza eminentemente cainita. Porque esa historia de amor gay-interracial parece el menor de los problemas de unos protagonistas que han perdido cultura, valores y raíces, y que se entregan en cuerpo y alma al innoble arte de amasar libras esterlinas. No es casualidad que el único personaje que se aferra a palabras como "honestidad", "coherencia" u "honradez" en muchos kilómetros a la redonda sea un pobre diablo con medio cuerpo dentro de una botella de Smirnoff y el otro medio bailando con la muerte.
El de "Mi hermosa lavandería" es el Frears combativo en insolente por excelencia, ataviado con una estética punk y colorista que, junto a una chirriante banda sonora de sintetizadores disco, son los elementos que peor han envejecido de la película que le puso en el mapa-mundi del cine. El tufo a años 80 es importante, aunque inevitable, porque la cinta es reflejo de esa década en la que la mitad de Gran Bretaña malvivía del subsidio de desempleo y padecía las nulas políticas sociales de la Dama de Hierro y su ultraliberalismo económico. Se podría decir que la película conserva todo el espíritu original, pero dentro de un traje que ha pasado de moda. Como pasado de moda está ese peinado a lo mofeta que luce Daniel Day-Lewis , un actor que ya en sus primeros pasos era puro instinto, cuando quedaban lejos los cruces de cables que le llevarían a dejar de lado su carrera como actor para dedicarse, entre otra cosas, a trabajar como aprendiz de zapatero en Florencia. Y es que la escena actual no puede permitirse que uno de sus actores más dotados permanezca en dique seco mientras los Wahlberg, Affleck y compañía campan a sus anchas. Aunque si esa retirada suya, si ese tomarse las cosas con más calma es irreversible siempre nos quedarán lugares como esa ruidosa lavandería en los que reunirnos con él y disfrutarle a fondo.
Enrique Campos.
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