
Mata Hari y Greta Garbo , dos mujeres adelantadas a su época. Una, la espía más famosa de todos los tiempos, deseada y temida; bailarina de noche, tenaz y astuta agente secreta de día. La otra, la diosa de hielo, el mito cinéfilo por antonomasia; misteriosa y con la altivez de quien se sabe inalcanzable. Nadie mejor que ella para trasladarnos la historia de aquella femme fatale que, a la hora de la verdad, lo daba todo por amor.
La Garbo y su mirada inescrutable, la Garbo y su acento europeo que la hacían aún más exótica y deseable... Es imposible hablar de esta "Mata Hari" sin referirnos una y otra vez a "la divina", a su desenvoltura y su arrojo como actriz, nada habituales en aquel cine sonoro seminal, que empequeñecía a todos sus partenaires , ya fuera el mítico Lionel Barrymore , o ese aspirante al trono de Valentino que era Ramón Novarro . Ella les hipnotiza, les somete con su cimbreantes movimientos y con todos esos vestidos tan modernos como escandalosos con los que se pasea por delante de la cámara.
El paso de los años es casi siempre implacable en el cine (como en todo), pero "Mata Hari" se conserva increíblemente joven después de casi ocho décadas, y es que era una cinta valiente y atrevida tanto en la temática como en su desarrollo. La Mata Hari del siglo XXI tal vez mostrara a cada paso sus pechos siliconados y se daría salvajes revolcones con sus víctimas masculinas; pero nada de eso serviría para superar el embrujo y la fascinación que desbordan la pantalla en la obra maestra de George Fitzmaurice .
Enrique Campos.
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