La vida en un hilo

Edgar Neville

(España, 1945)

 

Si los astros hubieran decidido que el lugar de nacimiento de Edgar Neville fuese Norteamérica o la Gran Bretaña, o hubiesen guiado sus pasos desde España hasta Tinseltown para así poder sacar adelante sus películas con bonanza de medios materiales y promocionales, probablemente a día de hoy sería uno más de la larguísima lista de directores que ganaron fama y fortuna entre los años 30 y los 50. Pero no pudo ser. A Neville le tocó crecer como realizador en un país arruinado y destruido por la guerra, oprimido por la dictadura y con una industria cinematográfica inexistente. Para más inri, su carácter liberal y cosmopolita no encontró el mejor caldo de cultivo en aquella España regida por el nacional-catolicismo. Aún así, a pesar de las penurias patrias y del oscurantismo, se las arregló para dejar tras de si auténticas exquisiteces como esta "La vida en un hilo".

 

La yanqui-filia en la forma de hacer cine de Nevile es evidente ya desde los títulos de crédito. Además, no tiene complejos a la hora de desarrollar secuencias y diálogos a la manera de Hollywood y huye, como alma que lleva el diablo, del feísmo de Buñuel o de las crónicas neorrealistas de la miseria italiana tan en boga por aquél entonces. Edgar cuenta su historia como lo habrían hecho Hitchcock , Hawks o Cukor : escenarios lujosos -dentro de lo posible-, un vestuario nada austero, y personajes más propios de Chicago, Nueva York o alrededores que del castizo Madrid. Una delicatessen perdida en las polvorientas estanterías de la cinemateca ibérica. Elegante y glamourosa, con tanta clase como la que derrocha la encantadora Conchita Montes, alma y guía de la cinta. Al igual que Neville , tampoco ella tenía nada que envidiarle a sus homónimas de la Metro o la Universal.

 

"La vida en un hilo" habla de elecciones, de disyuntivas. De decisiones que hacen que la balanza de la vida se incline hacia el lado de la rutina y el tedio, o hacia la plena felicidad. Es también la cinta de Neville una finísima fotografía de la mojigatería que se había instalado en la alta sociedad, de sus tapujos y de letal aburrimiento que apolillaba cualquier mesita de té de la calle Serrano. Como muchos de sus coetáneos también el director madrileño debía hacer las burlas justas y sin que resultaran demasiado evidentes.

 

Contrariamente a lo que muchos tratan de inculcar en el subconsciente colectivo, no todo se limitó al gracejo del landismo o a las loas de la patética figura del dictador durante las cuatro largas décadas en las que el yugo y la flecha oscurecieron con su alargada sombra los cielos de este país. También hubo hueco para el cine de alta escuela y temática liberal de tipos como Neville .

 

 

 

Enrique Campos.

 

 

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