
A la hora de elaborar esta sección de clásicos a menudo corremos el riesgo de caer en el error esnobista de ignorar títulos inapelables, por considerarlos demasiado obvios, en beneficio de otros menos conocidos (a veces justamente, por qué negarlo) que demuestren que hacemos los deberes y que no nos limitamos al sota, caballo y rey de siempre. Esta semana, sin embargo, nadie nos podrá acusar de rebuscados, porque traemos una de las comedias más populares de todos los tiempos. El mejor Billy Wilder , el de "El apartamento" , el más teatral, el de un par de personajes y un solo escenario. El Wilder de los líos de faldas y la llamada de la carne. En "La tentación vive arriba" nos presentaba a un hombre mediocre, de vida mediocre y con un trabajo mediocre que se queda de Rodríguez durante el abrasador estío neoyorquino mientras su mujer y su retoño pasan las vacaciones en algún bungaló con piscina. Como buen esposo, ha prometido portarse bien: nada de alcohol, nada de trasnochar, nada de tabaco, nada de... Un momento, ¿quién es esa criatura fresca y lozana como una lechuga con el cuerpo de Marilyn Monroe que se asoma medio desnuda a la terraza? Ni Jesús pudo verse tan tentado en aquél desierto donde dicen que dio tres voces. Desde que el huracán Marilyn entra en la vida de nuestro protagonista, su fabulosa y retorcida imaginación, sumada al eterno complejo de culpa judeo-cristiano se lo harán pasar muy mal. Nosotros, en cambio, lo pasaremos muy bien, gracias al brillantísimo guión de Wilder que, entre otras cosas, se da el gustazo de mofarse de tótems del cine "serio" como "De aquí a la eternidad...," o traspasar con creces lo que las leyes de la decencia de entonces dictaban. Un Tom Ewell cómico hasta decir basta y la Monroe ponen la pimienta restante.
¿Quién se atrevió alguna vez a sembrar dudas sobre la valía de Marilyn Monroe como actriz? Cierto es que se nos hace difícil escrutar sus habilidades como intérprete más allá de ese físico nunca lo suficientemente ponderado; pero su trabajo siempre fue excelente, sobre todo en la comedia. Es ingenua, sensual, graciosa... Perfecta. De todas formas, cualquier intento de glosar su figura pierde sentido cuando el aire del subsuelo de Manhattan eleva su falda (y nuestra presión sanguínea). Un tal Billy Wilder andaba por allí para filmar el momento y convertirlo en sinónimo del vocablo "cine" por los siglos de los siglos. Amén.
Enrique Campos.
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