La strada

Federico Fellini

(Italia, 1954)

 

Fellini rinde tributo en "La Strada" a una de las formas de arte más puras: la de los cómicos de la legua, la del viaje a ninguna parte, que diría años después ese otro genio llamado Fernando Fernán-Gómez . Y lo hizo, claro, con su Julieta de los espíritus (compañera del alma, compañera). No ha habido rostro más expresivo que el suyo. Mitad mimo, mitad Chaplin; con una sola mueca Giulietta nos puede hacer reir o nos puede arrasar por la pena. Sólo con sus ojos.

 

Al personaje de Massina , la pobre Gelsomina, la compra el forzudo Zampano ( Anthony Quinn ) para que pase el platillo por él; para que le limpie, le cosa y reciba con buena disposición sus embestidas carnales. Vivan los contrastes. Ella, tan poquita cosa, y Quinn , esa fuerza de la naturaleza. Mexicano, yanqui de adopción, y si se lo proponía podía ser más italiano que una defensa de cinco. Su Zampano no es ningún ogro, porque en el fondo tiene alma, aunque lo descubra demasiado tarde.

 

Así, entre melodías de trompeta que suenan para alegrar, pero que nos llenan de melancolía - gracias Nino Rota - ; a través de paisajes míseros de la Italia de posguerra en los que Massina y Quinn derrochan poderío escénico, Don Federico ya daba un puñetazo de talento encima de la mesa a las primeras de cambio en su carrera. Un "aquí estoy yo y he venido para quedarme". Y vaya si se quedó.

 

"La Strada" te desgarra el corazón, pero de belleza.

 

 

 

Enrique Campos.

 

©2007 paisajeseléctricos