
La quimera del oro parte de una idea que se le ocurrió a Chaplin cuando vio unas fotografías de las regiones heladas entre Alaska y Canadá. En ese lugar, había tenido lugar la llamada "fiebre del oro" entre finales del siglo IX y principios del XX. Acertó vislumbrando en esos ingredientes una potencial historia con todo su drama humano: cientos de hombres solitarios con la única esperanza de salvar el rumbo de su existencia hallando oro. El tema resultó recurrente para la posteridad creadora: el roquero canadiense Neil Young se inspiró en la película para componer y titular su mejor álbum a principios de los setenta.
Chaplin convierte la película en un poema narrativo de personajes hondos ante la intervención de grandes acontecimientos naturales. Profundiza en su vertiente trágica con la inclusión del episodio histórico de la expedición Donner, que devino en catástrofe cuando en 1846 sus integrantes tuvieron que practicar la antropofagia. Lo asombroso es que Chaplin sea capaz de encontrar comicidad en estos hechos. Pero es que Chaplin demuestra superar sus límites, al tiempo que se erige en un actor cómico complejo, con un fondo hebreo en su arte y en su tristeza que dificultan la asimilación por parte del gran público.
La película comienza con la imagen de la larga cola de buscadores de oro, que, como gregarios, acuden en busca de su última oportunidad en la vida en medio de un paisaje nevado, frío e indigente. La belleza visual de La quimera del oro aumenta con su construcción sobe el tema del blanco y negro, por entonces dominante y señal del arte cinematográfico. Chaplin no hace más que obedecer a esta ley del cine, para él fundamental. Conoce los límites de las reglas existentes en la época. En el largometraje, Charlot encuentra la armonía entre su silueta móvil y negra y la inmovilidad de su rostro macilento. El decorado de Alaska extiende por toda la película este juego combinado del movimiento y de los tonos. Este valor visual queda patente en toda la narración, sobre todo en la primera parte, más abundante en secuencias exteriores. En ciertas escenas, la enjuta silueta de Charlot aparece recia ante la blanca enormidad de nieve; los gestos de Mack Swain también se presentan líricos frente al fondo nevado. El resultado es una gran composición escénica en blanco y negro.
El gran plano general, que sitúa el argumento, conserva su esencia hasta las últimas escenas y crea, en torno a los personajes y a la acción, una conmovedora impresión de soledad, de ensanchamiento y de eternidad. Por otro lado, en las escenas de interiores se divisa un horizonte blanco en el cuadro de una puerta o de una ventana, lo que concreta la viva emoción de la imagen. Sirva como ejemplo la marcha de Georgia después de la invitación a cenar en la casa, o Charlot escuchando a lo lejos, en Nochebuena, los cantos del 'saloon-bar'.
Además, hay un juego de tonos en las actitudes y los gestos de los buscadores de oro en el decorado, negro sobre blanco, y por la franja de subversión de valores. Por ejemplo, en la escena en que la almohada agujereada dibuja un arabesco de plumas blancas alrededor de Charlot y sobre el decorado oscuro de la cabaña. Son detalles omnipresentes en La quimera del oro tanto en el plano técnico como el plano psicológico.
En comparación con películas anteriores, en las que Charlot luchaba contra policías, poderosos en general o -en El chico (The Kid, 1921) - contra la misma sociedad, en La quimera del oro su contienda es contra la naturaleza, con la más sobrehumana: la de la tempestad, el frío, el hambre y la soledad.
Persiste el Charlot de sombrero hongo y junquillo, perdido y solo. El precipicio a su paso y el oso negro pegado a sus talones. Hasta su encuentro con Mack Swain en la cabaña, la rápida sucesión de secuencias con fundidos se desarrollan entre la tensión cómica y la realidad trágica. De hecho, en un momento dado, la inhóspita cabaña es el único refugio para guarecerse del vendaval y de la tempestad de nieve. Allí llegan a estar encerrados los tres personajes más representativos del drama: el malo, el fuerte y el débil.
Secuencia de "La Quimera del Oro"
Mack Swain, en su papel de Big Jim McKay porta un dramatismo estilizado. Un personaje hambriento, hasta el extremo de ejercer la violencia brutal para sobrevivir, pero con un poso de humanidad y comicidad. Es bondadoso y afable con Charlot por momentos, ambivalente entre la camaradería generosa y la lucha animal. Llama la atención el episodio gracioso en el que cree ver un pollo gigante en la figura de Charlot. La alucinación, producida por la situación de extrema hambruna, añade a La quimera del oro un punto de fantasía. El miedo mutuo, representado con sendos intentos de golpearse con el madero de la puerta, imprime una profunda resonancia humana al patetismo de la tragedia. En este sentido, la película presenta escenas impresionantes, como cuando ambos se separan con un gesto épico y parten el uno hacia su riqueza y el otro hacia su esperanza. Otra, cuando se fractura el precipicio nevado y Mack Swain cae, filmado en un gran plano general, majestuoso, y de gran espectacularidad. Algo semejante a la secuencia de la cabaña tambaleándose al filo del precipicio. Las expresiones de Chaplin y Mack Swain alcanzan una extraordinaria fuerza trágica en lo cómico.
Por su parte, Georgia Hale interpreta con sobriedad los elementos del alma femenina. Es una mujer aniñada, mezcla de la inocencia y de crueldad. Altiva, pero con un fondo sentimental. Tierna y a la vez indiferente. Tiene carácter simbólico el primer encuentro con Charlot. Georgia busca con la mirada a alguien entre la multitud. Se detiene junto a él, muy cerca. Charlot le observa con inquietud y felicidad en una situación plena de gag cómico. El sentido humano es general, trágico por su carácter y por su alcance, también palpable en la secuencia del baile, en la que Charlot sostiene a Georgia como a una diosa. Sus movimientos son lentos, casi rituales. Es un Charlot embriagado paulatinamente e inflado de seguridad, a pesar de las peripecias conjugadas de sus pantalones sin cinturón y de su perro. El ritmo aumenta, crece en lirismo, hasta que todo aquel ballet acaba en un golpe cómico. Hasta las últimas imágenes, Georgia guarda ese mismo carácter sintético, paradigma de la mujer móvil, inconsciente y jovial. En contraposición, Charlot aparece como el hombre inmóvil en su deseo y su torpeza.
Malcolm Waite, en su papel de mujeriego, se desenvuelve como un personaje más tópico y esquemático. Es vanidoso y arrogante. Se burla de Charlot, su contrapunto. La escena de la pelea entre ambos parece un guiño al duelo clásico entre David y Goliat.
Con respecto a la edición de La quimera del oro musicada de 1942, las líneas de piano compuestas por el mismo Charles Chaplin se ajustan a la perfección a las vicisitudes transcurridas a lo largo de la acción. Ciertas escenas, sobre todo las de Nochebuena, logran así una dimensión nueva.
El paisaje es tan importante en La quimera del oro que Chaplin se preocupa de abarcar todos los elementos. Una narrativa total mediante planos generales en la que muestra a los personajes y su entorno hostil, reforzando así el peso de la comunicación visual. Tanto en los grandes planos generales de los buscadores de oro en la nieve como en la cabaña, vemos las figuras humanas en toda su miseria; el contexto de nieve, hambre y violencia entran en el plano, en el que se observan todos los aditivos de la historia. A su vez, los primeros planos remarcan la expresividad anímica de los personajes, sus miedos, euforias e incertidumbres. Podríamos deducir que Chaplin se planteó el juego de planos largos y cortos con la intención más avezada de informar pero también de emocionar.
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