La quimera del oro se sitúa en pleno apogeo de la comedia en Hollywood. En los años veinte, el cine mudo atravesaba una época de prosperidad en Estados Unidos y, en general, la industria del país se consagraba de manera hegemónica. En 1925, año del estreno de la película, los hermanos Warner pensaban en la posibilidad del cine sonoro, relativamente lejos, aún, del 'crack del 29'. Chaplin contemplaba la idea con negación, como demostró para la eternidad más adelante en El gran dictador (The great dictador, 1940). El histrionismo y la expresividad mímica de la escuela de Mack Sennett empezaban a dar sus frutos de la mano de figuras como Buster Keaton, Harold Lloyd o Harold Langdon. Muchas veces, cómicos servidos a granel en el music-hall.
Cada cual con sus peculiaridades. Keaton no reía en sus películas: era una imposición contractual. Sin embargo, su impasible cara de palo incrementó su comicidad. Y no sólo por efecto de la paradoja: la mirada de Keaton rozaba la poesía. Esa capacidad de comunicación intrínseca en el gesto es compartida por Chaplin, así como la meticulosidad en el trabajo. Mientras Keaton se esmeraba en la perfección de los gags, Chaplin buscaba una contumaz trascendencia de fondo. Curiosamente, Keaton se adelantó en la ocurrencia de filmar una comedia dramática en paisajes nevados, como constata Pamplinas en el Polo Norte (The Frozen North, 1922, Edward F. Cline y Buster Keaton). Pero, con La quimera del oro , el mundo entero comprendió que Chaplin era mucho más que un bufo, un actor o un cineasta. Se trataba de un talento privilegiado para la narración cinematográfica, con toda su logística y urdimbre sentimental. Esta comparación entre ambos, a menudo presentada de modo competitivo, persiste en los historiadores y críticos que defienden a Keaton como sensible lírico de la imagen.
Chaplin en 'La Quimera del Oro'
Unos meses después del estreno de La quimera del oro, Harry Langdon debutaba en la gran pantalla al alimón con el director Frank Capra en El hombre cañón (The strong man, 1926). En este caso, un actor lánguido, extremadamente tímido, cuya inocencia llega a encender la morbidez de un público minoritario mediante sus controvertidas acciones, como matar a la esposa en la noche de bodas para evitar las obligaciones conyugales. Por su parte, Harold Lloyd se inició copiando el aspecto de Charlot. Al igual que el popular personaje de Charles Chaplin, ofrecía una visión vitriólica de la sociedad americana, que caricaturizaba en filmes de marcado suspense. Lloyd ha pasado a la Historia del Cine por su imagen, suspendido en el vacío colgando de un reloj gigante, en El hombre mosca (Safety Last!, 1923, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor). Además, tras La quimera del oro, irrumpen en escena en 1926 la célebre pareja de Stan Laurel y Oliver Hardy, "el gordo y el flaco". A la pléyade de cómicos se suman, entre otros, Harry Snub Pollard, Larry Semon Jaimito, el polémico Roscoe Fatty Arbuckle o la malograda Mabel Normand, cuya retirada tuvo lugar en 1927, poco antes de morir.
El esplendor del cine mudo tuvo, pues, un punto de inflexión con La quimera del oro , que supuso un giro de tuerca.
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