La posada Jamaica

Alfred Hitchcock

(R. Unido, 1939)

 

Hace un tiempo trajimos a nuestro rincón de clásicos "Náufragos" , una película tan sencilla como brillante, la enésima obra maestra de Alfred Hitchcock que, sin embargo, no flota en la memoria colectiva de la misma manera que lo hacen "Psicosis" , "Con la muerte en los talones" o "Vértigo" . Algo entendible, por otra parte, si tenemos en cuenta lo abrumador en cuanto a cantidad y calidad del legado del orondo genio inglés.

 

Y bien, esta semana traemos otra de esas perlas semi-ocultas de la filmografía hitchcockiana : "La posada de Jamaica" , la última de las producciones que llevó a cabo Sir Alfred en su etapa británica, y a nuestro juicio la más robusta y redonda de todas aquellas obras. Aquí Hitchcock nos lleva hasta una pequeña aldea costera inglesa azotada por la miseria y los temporales, un lugar habitado casi exclusivamente por rufianes, contrabandistas y bandidos. A la cabeza de todos ellos, como el cerebro en la sombra, todo un Charles Laughton bordando uno de sus personajes fetiche: ese ser grasiento y amoral, cínico y corrompido por la gula y la lujuria. Como suele pasar, una delicada damisela, inalcanzable para él, será su perdición. Estamos hablando de la preciosa Maureen O'Hara, que hacía su debut oficial en el largometraje con sólo 19 años y que, desde ese mismo instante, comenzaba a construir la leyenda de uno de los rostros más bonitos que hayan desfilado jamás por delante de una cámara. Ya se sabe que, en cuestión de mujeres, Don Alfredo fue siempre un sibarita: sólo lo mejor de lo mejor para su público y para sus propios ojos.

 

"La posada Jamaica" desprende un cierto aroma a ron de garrafa y a tabaco de mascar, la perversión y la maldad sobrevuelan los acantilados de ese pueblucho dejado de la mano de Dios y regido por la bestia Laughton . Moviéndose entre la intriga y el drama de época, Hitchcock volvía a dejar claro que, para él, lo cómo, los por qué, y los cuándo no eran tan importantes como el hecho de entregar un producto verdaderamente adictivo para el espectador. Denme una cámara y moveré el mundo, debería rezar su epitafio.

 

 

 

Enrique Campos.

 

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