
(EEUU, 1934)
Probablemente Dreyer o Bergman habrían encarado la obra de teatro de Alberto Casella de manera mucho menos lúdica y romántica de lo que lo hizo la Paramount con esta adaptación -aunque, para versión ñoña y romanticona, el remake de 1999 "¿Conoces a Joe Black?", con un Brad Pitt más Barbie Malibú que nunca-. Seguro que el torturado Bergman se habría montado otro "Séptimo sello", con partidas de ajedrez versus la parca y reflexiones con importante carga de profundadad; pero parece demasiado pedir que en el Hollywood de los años 30 -o en el de ahora, tanto monta...- los estudios hubiesen apostado por encajarles a los espectadores manuales de filosofía y metafísica en latas de celuloide, así que Mitchell Leisen y sus guionistas optaron por trivializar estas vacaciones de la muerte en las que decide hacerse carnal por unos días para entender por qué le teme tanto la gente. Bella y Bestia, Drácula y Mina Harker, la Muerte y Grazia. El amor, una vez más, prevalece por encima de recelos y desaprobaciones.
A pesar de su tono happy ever after, esta versión de "La muerte de vacaciones" no puede negar sus orígenes literarios; su poesía y su romanticismo byronescos, un tanto fatalistas. Esta muerte es arrogante, es sarcástica; mira con desdén a los pobres mortales -nunca mejor traído-, pero sólo hasta que unos labios le dicen "sí". ¡Oh, l'Amour! Qué tendrá que hasta la propia muerte querría morir por él.
Una cinta que nos lleva a una época lejana, más inocente; cuando los personajes hababan y se movían no como gente corriente, sino como semidioses viviendo en una realidad paralela de grandes mansiones; declamando al infinito y con mucho tiempo libre que gastar. ¿Mejor? ¿Peor? Y qué más da...
Enrique Campos.
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