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Normalmente, cuando la carrera de un realizador de prestigio es bastante dilatada, se pueden encontrar la mayor parte de lo que se considera "obras menores" hacia el final de la misma. Sin embargo, en el caso del realizador Joseph L. Mankiewicz es una norma que no se cumplió ya que se despidió de la profesión con una película nada complaciente e incluso se podría decir que arriesgada.
Basada en una obra de teatro, toda la trama de la película gira alrededor de dos únicos personajes: el aristócrata Andrew Wyke (Lawrence Olivier), la pura personificación del noble inglés, flemático y que entretiene su tiempo escribendo novelas policíacas, frente a él, Milo Tindle (Michael Caine), un joven peluquero descendiente de emigrantes italianos. Con la única presencia de estos dos personajes Mankiewicz construye un film rico en matices, interesante, y tremendamente absorbente. Los principales pilares sobre los que se sostienen esta magnífica película son por un lado, un sólido guión, que no sólo mantiene a través de sus diálogos un ritmo muy alto sino que además grácias a la interacción de ambos protagonistas vamos descubriendo facetas de su personalidad.
Cuando se adapta una obra de teatro, el elemento más importante suele ser el guión, y en este caso, el director fue incluso más allá, además de controlar perfectamente el ritmo del film, dosificando los diferentes "climax" por los que nos hace pasar, el director nos permite ir conociendo poco a poco a los personajes no tanto por lo que vemos de ellos sino por lo que dicen y sobretodo cómo lo dicen y como contraposición al otro. De esta forma vamos sabiendo que lo que les une a ambos es la relación que Tindle mantiene con la mujer de Wyke, Margueritte. Pese a que ambos personajes parten de estereotipos (el arístocrata de clase alta y el arribista de clase baja), el director les supo dotar de personalidad propia y sobre todo supo elegir a los actores que tenían que darles vida. Olivier encarna como nadie el porte aristocrático que necesitaba su personaje (de hecho ya había demostrado su buen hacer en papeles parecidos), un tipo que parece vivir en un mundo en vías de extinción en el que se deben guardar las apariencias en todo momento y que simplemente por derecho de nacimiento cree estar por encima de la gente normal. Por ello desprecia doblemente a Tindle, un plebeyo, que trabaja como peluquero, y que es visto como un avaricioso arribista.
Es muy interesante el juego que realiza Mankiewicz con el espectador de dobles sentidos, de apariencias engañosas y sobretodo de ambiguedad de ambos personajes. Durante su enfrentamiento dialéctico, nuestra visión de ambos personajes va cambiando, a medida que también va cambiando su relación entre ellos (que pasa de la aparente cordialidad al enfrentamiento directo), quedando ambos situados en un amplio espectro de sentimientos que pueden ir de la compresión a la repulsión. Con estos dos actores (no sabría decir cuál de los dos está mejor ya que ambos realizan una interpretación soberbia), y una puesta en escena mayoritariamente en interiores, en la que ambos personajes están siempre rodeados de curiosos (y en algunos casos exóticos) ingenios lúdicos, e incluso a veces parecen estar siendo observados por (perturbadoras) máscaras y muñecos, que le sirven al director para enfatizar su mensaje de juego de apariencias en un tono burlón, sin llegar lo cómico, como si fuera una cínica mascarada en la que ambos personajes han aceptado formar parte no sólo como representantes de dos clases sociales diferentes, sino, al fin y al cabo, como personas.
De esta forma, quizás el director nos quiere hablar de un mundo sumamente hipócrita, lleno de falsas apariencias y dobles sentidos, en el que nunca podemos estar seguros ya que nada es lo que parece. Queda más que evidente que Mankiewicz no quiso despedirse de la profesión del cine sin dejar su propia "huella" de lo que debe ser un buen director de cine.
_texto: Manuel Navas.

_ficha en IMDB
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