(1952-75)
La segunda carrera de Jimmy Scott comienza el día en que, con más de 65 años, es "descubierto" por Seymour Stein, propietario de Sire Records, cantando en el funeral de su común amigo Doc Pomus. El devastador poder emocional de la voz de este gnomo olvidado iba a conducirle finalmente a la celebridad: una cadena de discos exquisitamente producidos y que consiguen una más que respetable cifra de ventas, celebridades de todos los campos que le declaran su adoración incondicional, esa aparición inolvidable en "Twin Peaks"...
Pero de lo que se ocupa este fabuloso recopilatorio es de la primera carrera de Jimmy Scott, envuelta en bastante menos glamour, semiclandestina, sometida al capricho de discográficas caníbales y a la incomprensión ante un artista al que no había manera de clasificar, que provocaba en las audiencias esa incómoda mezcla de compasión, repulsión y morbo característica de los fenómenos de feria, de los "freaks" a lo Tod Browning.
Víctima de una extrañísima enfermedad hereditaria que detiene en quien la padece el crecimiento físico y los cambios asociados a la pubertad, Jimmy Scott quedó atrapado para siempre en su cuerpo de niño y en ese registro vocal, ni masculino ni femenino: angelical. Jimmy Scott es además, por expresarlo en términos "raphaelianos", una voz en carne viva. Pero una voz que no podía ser encasillada: ni un vocalista de jazz, ni un crooner, ni un precusor del soul, ni un avanzado del pop. Nadie supo qué hacer con esta peculiaridad ajena a cualquier posibilidad de estandarización. Exactamente igual que Billie Holiday, su alma gemela.
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J. SCOTT: Motherless Child (At Birdland)
Debutó con la orquesta de Lionel Hampton y ahí surge su querencia por arroparse siempre que fuese posible por un vibráfono. La independencia no le trajo la menor gloria: un puñado de sesiones tan maravillosas como ignoradas de las que da buena fe este generosísimo doble CD, unos cuantos singles a base de canciones supuestamente "menores" que no estaban destinadas para voces más célebres, algunas versiones de clásicos que suenan en esta voz como nunca habían sonado, unos pocos LP's espaciadísimos y de nulo éxito... Después, el olvido y la supervivencia en ocupaciones como la de mozo de hotel.
Según Quincy Jones, integrado durante algún tiempo en la sección de vientos de uno de los locales en que cantó Jimmy Scott en los cincuenta, los músicos comenzaron a apodarle "Crying Jimmy Scott", por la tensión emocional de su forma de interpretar y también porque buena parte de ellos, gente bien curtida y bragada, acababan muchas noches llorando a moco tendido en el escenario por influjo del vocalista. Que tampoco puede ser considerado como especialmente efectista ni lacrimógeno: simplemente es un genio de la teatralización, un medium del dolor, un maestro en la transmisión del sentimiento de dignidad en la derrota y, ¿por qué no decirlo? un sumo pontífice del masoquismo amatorio. Como los más grandes boleristas, como los virtuosos del tango, o como Edith Piaf. En esas cumbres está el arte de Jimmy Scott. Sencillamente, uno de los cantantes imprescindibles del siglo XX.
texto: Alfonso García.
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