Vale, el rocanrol es Jimi Hendrix, Jimi Hendrix es el rocanrol. El más innovador, creativo, ecléctico y portentoso de los guitarristas... y podíamos seguir con el capítulo de obligada pleitesía al mito que exigen los guardianes del baptisterio para no deslomarte a palos si osas o siquiera esbozas un amago de disidencia. Así que uno, mostrándose en buena parte de acuerdo con todos esos lugares comunes, que el exceso de repetición ha desgastado, encuentra que, en una nueva escucha, por los poros de "Electric Ladyland" la crueldad del tiempo ha dejado que se filtren algunos elementos distanciadores. No los suficientes, desde luego, para devaluar drásticamente lo que sigue siendo a todas luces un portento, pero sí ofreciendo argumentos para que incidir en esos desequilibrios e imperfecciones no sea entendido como voluntad por demoler el mito
El doble elepé de 1968, un tocho conceptual sobre creatividad, psicodelia y fuerzas incontrolables de la naturaleza y el subconsciente, sigue apabullando hasta comprimido en un sencillo cedé. Sus cumbres de genialidad mantienen toda su potencia. Y permanece intacta la sensación de que este señor tenía línea directa con alguna deidad inspiradora de genialidades inéditas hasta la fecha. E inigualadas por nadie que se haya metido en el pantanoso territorio musical de Jimi Hendrix con la intención de hacer buenas migas con la tal deidad, que se enrollase un poco y que no limitase eso de soplar secretitos al oído a la persona del astroso revolucionario de Seattle.
Cuando te rindes al salvaje cuarto de hora de blues alucinado del "Voodoo Chile" en vivo, ya parece cuestión menos que secundaria que en tal o cual tema se haga demasiado evidente que Noel Redding y Mitch Mitchell no le podían seguir. Sobre todo en comparación a lo que són capaces de ofertar, en términos de conexión espiritual con el monstruo, las esporádicas pero demoledoras presencias de Al Kooper, Steve Winwood, Buddy Miles, Fred Smith o Jack Casady.
Cuando explota en tu cerebro la bomba de nosecuantos miles de megatones que es la relectura lisérgica del "All Along the Watchtower" dylaniano, también te da igual que "Electric Ladyland" tenga una meseta central un tanto árida de temas demasiado largos o demasiado especulativos. Incluso en los recovecos del álbum en que el aburrimiento amaga con hacer acto de presencia, un súbito golpe de genio vuelve a poner las cosas en su sitio. En todo lo alto.
"Electric Ladyland" es un magnífico testamento descontrolado de un artista ya fuera de reglamentos, convenciones y límites. En esa libertad extravagante y orgullosa está lo más imperecedero del disco, su gloria mayor y también el foco de sus más que perdonables desequilibrios.
texto: Alfonso García.
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