
(Canadá/Francia, 1989)
Jesús de Nazareth murió, dicen, por los pecados del hombre (y de la mujer). Para salvarnos, dicen también. Pero este Jesús de Montreal del ahora muy de moda Denys Arcand ("Las invasiones bárbaras") tiene aspiraciones algo menos megalómanas: por amor al arte, al teatro; por la defensa de la honestidad y la integridad del artista este Mesías canadiense se juega el tipo donde y cuando sea.
Arcand pone sobre el tapete una ficticia, y en cierto modo apócrifa, representación teatral de la pasión de Cristo a cargo de un grupo de actores con más talento e idealismo que francos (canadienses) en los bolsillos. Con todo ello, ya de entrada Arcand conjura la polémica dentro y fuera de la pantalla; aunque su ambición va mucho más allá de la simple y facilona búsqueda del escándalo en las mentes católicas, porque, al tiempo que se representa ese calvario de Jesús, el actor que lo encarna vive su propio via crucis a través del mundillo del espectáculo, donde, igualmente o en mayor cantidad si cabe, los Judas, lo Pilatos, y los mercaderes del templo campan por sus respetos. Un paralelismo inteligentemente trazado con el que Denys ajusta cuentas con un entorno, el del artisteo, que a veces puede oler a podrido. Y no lo hace desde el esnobismo arrogante de quien se cree un artista insobornable, sino desde la constatación pura y dura de comportamientos y clichés, crucificando a algún que otro personaje a los que da forma de parodia viperina.
El paso del tiempo se ha encargado, además, de poner de relieve que ni siquiera el propio padre la criatura está libre de caer en las trampas de la industria; en las tentaciones de lo "in" y lo moderno. Ahí queda ese score que no habría desentonado en las redadas nocturnas de "Miami Vice". Es la gloria de los ochenta, ya lo cantaba Tori Amos. Un desliz perdonable, como el del chirriante vestuario, si el fondo de esta metáfora de la profesión teatral acaba trascendiendo looks o manierismos. El Evangelio según Denys Arcand así lo hace.
Enrique Campos
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