_clásicos
_jeremiah johnson
El cineasta disperso que encarna el norteamericano Sydney Pollack compone en esta ocasión una de sus obras paradigmáticas, quizála mejor perfilada (junto a ‘Danzad danzad malditos’ y ‘Yakuza’) de cuantas han ido surgiendo en un recorrido cinematográfico colmado de altibajos.
Pollack lanza aquí, amparado por el rostro centelleante de Robert Redford, uno de esos relatos que trascienden, por la defensa de valores perennes, aires ideológicos cambiantes o controversias empantanadas de censuras y proscritos.
Redford personifica una filosofía vital que supera prejuicios de todo color y que chilla libertad con eco. Porque este western inaudito recoge la esencia épica del género y la orla de un paisaje en pleno desnudo. Jeremiah Johnson decide apartarse del mundo, de ruidos crecientes, para vagar por rincones sin tránsito. Johnson es la representación del quiero y no puedo de individuos que han poblado generaciones, su peregrinaje hasta el culmen del filme se erige en pretensiones otrora inalcanzables para el ciudadano común.
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Estamos a mediados del XIX y el personaje de Redford, veterano de guerra, huye a las montañas envuelto en nimias nociones de caza y pesca. Con mucho de viaje iniciático, Johnson empieza a desenvolverse en el entorno natural como trampero y saborea enfrentamientos desabridos con los indios que domeñan la zona. Como comerciante, como inesperado guardaespaldas, como acompañante en tiempos de soledad, como adversario de bestias salvajes, el protagonista se relaciona con ambientes cautivadores y sujetos de carácteres dispares.
El aprendizaje de Johnson es también el de todo aquel que contemplesu bagaje, repleto de buenas intenciones, de signos de integridad, de gritos de paz.
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Miguel Pradas
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