Cuesta trabajo asimilar que Hank Williams (1923-1953), uno de los mejores escritores de canciones de cualquier tiempo y lugar, fuese, paradójicamente, poco más que un analfabeto funcional. Sólo es uno de los muchos detalles asombrosos de la brevísima existencia de este arcángel de la música popular norteamericana. Dicen que Williams fue un intérprete fundamental del country; aceptémoslo, pero añadiendo que la amplitud de su genio desborda cualquier límite estilístico. En principio, no es hijo del Oeste, sino del Sur (Alabama) y su mundo de referencias se aleja mucho de la épica del cowboy. Personalmente lo encuentro más cercano al mundo de Robert Johnson que al estereotipo del vaquero cantarín. No en vano, el maestro reconocido de Hank Williams en la infancia fue una especie de trovador ambulante negro llamado Rufus Payne. No fue, por tanto, Elvis Presley, en contra de lo que afirma la mitomanía ciega y sorda, el primer artista blanco que se empapa conscientemente de blues y gospel para dejar que esas poco confesables (en la época) querencias fluyesen con absoluta naturalidad en una música de arquitectura hillbilly y alma mestiza.
Educado en una férrea disciplina baptista, Williams conservó una vena de poderoso misticismo, confirmado por el caprico que se autoconcedió, siendo ya una superestrella, de grabar varias composiciones gospel con seudónimo. Pero el gran asunto de Williams no es otro que la derrota, en todos los frentes. Comenzó a forjarse en la derrota desde una niñez mísera, atormentado siempre por su padecimiento crónico en la espalda, sin juegos y sin otra camaradería que la brindada por el benemérito Rufus Payne. Subráyese además la tendencia masoquista a dejarse manipular por mujeres de carácter mucho más fuerte (primero la madre, luego la esposa). Hank Williams fue precoz como alcohólico fuera de control y precoz como autor e intérprete deslumbrantes, profesional a los 16 años después de ganar un concurso radiofónico y titular no mucho más tarde de su propia banda, los excelentes Drifting Cowboys.
Sin una técnica vocal sobresaliente, sin embargo Williams era versátil en registros, siempre con una emotividad desbordante y una maestría inigualable para inyectar en vena esas sensaciones al oyente. Las miserias del amor no correspondido, los derrumbamientos etílicos y morales, el desarraigo, la soledad, la muerte... Hank Williams nos concede pocas, aunque gloriosas, treguas festivas ("Jambalaya"), antes de aferrar de nuevo el bisturía para hurgar con sobriedad campesina e iluminación de poeta en los padecimientos del alma.
En lo musical, Williams se atiene a la tradición rural, sureña y blanca, manteniendo la base de violín, contrabajo y guitarra acústica, pero haciendo además imprescindibles en su sonido dos guitarras eléctricas (una de ellas "steel"). A punto de cumplirse cincuenta años de su muerte, Hank Williams no ha perdido un ápice de frescura y de modernidad. Por supuesto, también se mantiene intacta su capacidad para conmoverte hasta los cimientos. El desgarbado geniecillo que cautivó en 1946 al productor Fred Rose encadenó, ya bajo contrato con MGM, una serie de éxitos comerciales sin precedentes, inaugurando las, hasta entonces, insospechadas potencialidades mainstream de la música rural. "Lovesick blues", por ejemplo, se mantiene durante cuatro meses en el número uno. Pero ni las ventas millonarias, ni los baños de multitudes, ni los elogios vibrantes de colegas que multiplicaron las versiones, nada consiguió enderezar el rumbo autodestructivo de un Hank Williams que comienza a enriquecer su dieta de alcohol con copiosas ingestas de anfetaminas y barbitúricos. Tampoco la celebridad, incluso internacional, logró hacer de este hombre algo parecido a lo que suele entenderse como un "profesional". Nunca se sabía si iba o no a acudir a sus compromisos en directo y, caso de asistir, si el grado de intoxicación le permitiría desenvolverse sobre el escenario. Cuando lo conseguía, la experiencia para los afortunados espectadores era de las que permanecen para siempre.
Hank Williams no lograría despertar de una de sus resacas monumentales, muriendo un fin de año helado en plena carretera, en el asiento trasero de su coche. Apenas un año después, Bill Haley, fusilando con absoluto descaro el armazón musical de "Move it on over", inauguraba con "Rock around the clock" la historia oficial del rock 'n roll.
texto: Alfonso García.
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