Diez películas, diez secuencias, o diez nombres que marcaron a la generación del Phoskito y el Blandiblub. Si naciste entre los años 75 y 80 (del siglo XX, ojo), quédate por aquí. Seguro que encuentras más de un motivo para la sonrisa nostálgica o para la lágrima melancólica. Si no perteneces a esta gloriosa quinta, mala suerte. Aún así, quédate también, apaga el maldito móvil y vámonos de viaje a aquellos maravillosos años. Haremos un poco de kárate, quizá nos lo montemos con un par de animadoras, tal vez robemos el Ferrari de papá para dar una vuelta por el centro. Nada es imposible.
EL PODER DE LA GRULLA Minutos finales de "Kárate Kid" (John G. Avildsen, 1984). Daniel LaRusso, con 3 costillas flotantes rotas y desviación del tabique nasal, afronta su último asalto contra ese cabronazo rubio de bote que, literalmente, le está matando a ostias. Se vuelve hacia el Sr. Miyagi con esa mirada de "¿seguro que tienen lista la ambulancia ahí fuera?". Miyagi asiente. Es el momento. Recuerda Daniel San, recuerda la grulla. Segundos fuera. Nuestro amoratado héroe eleva los dos brazos, se apoya sobre una pierna (en la otra ya no le quedan más ligamentos). No, no intenta bailar una jota. Va a poner en práctica una ancestral técnica karateca que más vale que funcione. Dani mantiene la posición, el rubio se desconcierta y también mira a su entrenador, un psicópata excombatiente del Vietnam que parece decirle: "ahora le arrancas las pelotas con los dientes. ¡CON LOS DIENTES!". La hora de la verdad: el mejor alumno del doyo Cobra Kai se avalanza sobre LaRusso. Lo va a matar. Pero, ¡sorpresa! En el último segundo Daniel aprovecha su postura para lanzarle un patadón en toda la cara a su contrincante. Se acabó el combate. El alumno LaRusso gana el torneo, gana a Elizabeth Shue, y evita pasar por la Unidad de Cuidados Intensivos.
Estaba claro, la senda de las artes marciales se abría ante nosotros. Por mi parte, me matriculé inmediatamente en las clases de Kárate que se impartían en mi colegio. Pero he aquí que me topé con una decepción tras otra. Mi profesor no era ningún abuelete enrrollado, sino una lesbiana de metro cuarenta y cinco con más testosterona que John Rambo. Y no, compañeros, resultó que el ataque de la Grulla no se incluía en los tratados internacionales de kárate. Así que, en lugar de aprender a dar súperpatadas voladoras noqueantes nos hacían aprender malditas katas, que era algo así como darle una paliza al aire. Eso, unido a que las clases se daban a partir de las 8 de la mañana, acabó con mi incipiente vocación. Pero nadie nunca me podrá quitar mi estatus como cinturón blanco-amarillo, ni mi amor por la saga "Karate Kid", que aún nos depararía dos capítulos más. A saber: "Karate Kid II", y "Karate Kid III". Hasta hubo una "karate girl" en "The Next Karate Kid", aunque ni siquiera la familia del propio Pat Morita (D.E.P.) pasó por taquilla para conocer a la nueva pupila del Señor Miyagi.
A LAS ESTRELLAS EN UN CONTENEDOR DE BASURA River Phoenix, Ethan Hawke y otro niño/actor desconocido que, probablemente, esté hoy en día alcoholizado o enganchado a la heroína (si es que "está"), se las arreglaban, en la película "Exploradores" (Joe Dante, 1985), para viajar al espacio en una especie de contendor de basura costumizado y propulsado por un campo de fuerza que el empollón Phoenix había programado en su Commodore 64K. Llegados a este punto de la cinta uno pensaba "¿Puede haber algo más brutal?", pero aún estaba el necio de turno que, llamando tu atención con un codazo cómplice en el brazo, te susurraba: "Oye, ¿tú crees que eso es posible, tío?". "¿Posible? ¿Pero no lo ves? ¡Tienen una puta nave espacial!. Anda, calla y abre otra bolsa de kikos, infeliz".
Lo sé, el maldito tiempo de nuevo acudió a la llamada del desengaño. No se podían crear campos de fuerza voladores con un Commodore 64k, ni siquiera con un Amstrad. Sea como sea, durante un tiempo lo creímos factible y, aún hoy, cuando revisitamos "Exploradores", por un momento soñamos que la carrera espacial es cosa de niños.
LOS VAMPIROS CHULOPLAYAS Estaba descartado el tema del kárate. Demasiado sacrificio, demasiado poco glamour. Fue una tremenda decepción, pero me sobrepuse. Así que, ¿qué tal el oficio de vampiro? Pero, cuidado, nada de castillos y capas chungas. Hablamos de ser un vampiro con un look entre Jon Bon Jovi y George Michael, vivir al lado de un parque de atracciones, montar en moto constantemente, o incluso volar. Eso es lo que hacían los chupasangres de pasarela de "Jóvenes Ocultos" (Richard Donner, 1987) hasta que Jason Patric y el pesado de su hermano pequeño les pararon los pies. En realidad toda la culpa fue del hermano pequeño, porque Jason ya iba camino de convertirse en uno más de la tropa del chuloplayas supremo, Kiefer Sutherland: se había puesto un pendiente con forma de cruz, se había calzado sus Ray-Ban Wayfarer y hasta se había ligado a la supernena del lugar. Pero así son los hermanos pequeños. Aquella era también la época en que las aventuras de "El pequeño vampiro", de Angela Sommer Bodenburg hacían estragos entre todos nosotros, así que las señales eran demasiado tentadoras como para no pensar en las muchas ventajas que la vida de hematófago urbanita ofrecía.
GIZMO VS. STRIPE Esto siempre ha generado muchísima controversia: ¿con cuál de las dos criaturas protagonistas de "Gremlins" (Joe Dante, 1984) nos quedamos? . ¿Preferimos al gremlin malvado con cresta punk y toda su cohorte de sicarios o al fiel animalillo con piel de peluche? Es una elección bien jodida, porque el caso es que ambos tenían sus pros y sus contras. El bicharraco era ideal para putear a vecinos coñazo y sembrar el caos y la destrucción; además era de fácil mantenimiento, comía a todas horas, salía solo a pasear. Sin embargo era un tanto incontrolable, no entendía la diferencia entre amo y mascota, y podía masacrar a toda tu familia. Por el contrario Gizmo era un auténtico imán sexual, todas las niñas del colegio harían cola para ver a tu pequeño amigo de los bosques de Manchuria, y de ahí a tu otro pequeño amigo. sólo un paso. Pero él también tenía serios inconvenientes: necesitaba más vigilancia que Hanibal Lecter, se pasaba el tiempo leyendo y, en un par de días, te quitaba toda tu coraza afectiva; tu madre dejaba de hornearte sus deliciosas galletas de gengibre, tu padre dejaba de jugar al béisbol contigo y ya no te llamaba "campeón" nunca más. Ehhh, bueno, creo que me estoy metiendo demasiado en el personaje.
¡¡DESPIERTA MCFLY!! Si había algo comparable a poder viajar al espacio en el mismo modelo de nave que la de "Los mundos de Yupi", eso era viajar al futuro en un DeLorean. DeLorean, DE-LO-REAN. qué gran nombre. Los coches no tienen nombres así por aquí. Porque nadie querría viajar al futuro en un Opel, sonaría ridículo. Pero en un DeLorean. La trilogía de "Regreso al futuro" (Robert Zemeckis, 1985/90) convertía ese sueño del viaje temporal en algo viable, tan sólo era necesario contar con un condensador de fluzo y un par de barras de Uranio. Nada que no se encuentre en cualquier ferretería de barrio.
Pero de nuevo nos engañaron, amigos. ¿Dónde están los skates voladores? ¿Qué hay de las Nike con velcro autoajustable? Podremos mandar hombres a la Luna, podremos meter la discografía de Frank Zappa en un disco duro del tamaño de una lenteja, podremos hacer muchas cosas; pero mientras no podamos autoajustarnos el velcro de las zapatillas seguiremos siendo una civilización subdesarrollada. Para más inri de "Tiburón" sólo han rodado cuatro partes, y no 19 como se profetizaba en "Regreso al futuro II". De acuerdo, esa película estaba ambientada en el 2015, pero aún así deberían haber rodado, como mínimo, diez partes. Me siento tan estafado como vosotros, no lo dudéis. Y si a eso le sumamos que, hoy por hoy, Marty McFly padece Parkinson, aquí tenemos la prueba definitiva de la no existencia de ente divino alguno.
¿QUÉ DEMONIOS ES GOOFY? "Si Mickey es un ratón y Pluto es un perro, ¿qué demonios es Goofy?". Grandes cuestiones lanzadas al calor de una hoguera nocturna en "Cuenta Conmigo" (Rob Reiner, 1986), probablemente la mejor película para y sobre niños jamás rodada. La aventura perfecta: cuatro colegas pertrechados con cantimploras, cigarrillos, un peine y un revólver salen a campo abierto a buscar el cadáver de un niño desaparecido. Ni la Odisea de Ulises pudo haber sido tan excitante como esta excursión. Cómo deseábamos formar parte de esa expedición y esquivar trenes, cruzar riachuelos infestados de sanguijuelas o poder escapar de perros devoradores de testículos. Ahí estaban el gordo, el chalado, el gamberro y el soñador. Imposible que alguien no se identificase con alguno de esos cuatro chavales. Por mi parte, me quedo con River Phoenix, el tipo duro, el outlaw de la escuela, la clase de compañero imprescindible para moverte con total seguridad por el patio del colegio.
Para terminar, volvamos al principio, porque mi duda existencial no era la especie animal a la que pertenecía el chiflado de Goofy. Eso me importaba bien poco. Lo que sí me atormentaba era la posibilidad de que ratones de un metro de alto llegaran a domesticar chuchos.
¡GÑOOOCOLAAAAATE! Seguramente en un artículo como este "Los Goonies" (Richard Donner, 1985) deberían llenar un porcentaje alto del espacio, pero tengo que hacer una dura confesión: no ví "Los Goonies" en su día. Durante años, en clase, en el autobús, fingí haberla visto por miedo al rechazo y a las burlas; pero lo cierto es que no me llevaron a verla. No fue hasta el año 90 cuando pude visionarla en nuestro recién comprado vídeo Beta (dos semanas después el formato Beta desaparecía de los vídeoclubs derrotado por el VHS. Mi padre y su preclara visión del futuro tecnológico). Y, bueno, no estuvo mal, pero ver "Los Goonies" por primera vez a los 13 años es como desvirgarte a los 75 con tu vieja y fiel asistenta. Hay un cierto placer, pero la magia se ha esfumado. Así que sirva esta mención como merecido homenaje a una película que influyó a toda una generación (a toda menos a mí).
¿SIEMPRE LO HACES EN ÁNGULO? No creo que ninguno de nosotros viera "Porky's" (Bob Clark, 1982) en el cine, a no ser que vuestros padres os llevaran a verla con 5 o 6 años, en cuyo caso no creo que estéis ahora mismo leyendo esto (o puede que ahora en la cárceles de máxima seguridad se permita el uso de internet por parte de los reclusos, no estoy al tanto de las políticas penitenciarias). No, la mayoría la vimos en vídeo y en grupo. Tratados de sexualidad, charlas padre-hijo sobre semillas y crisálidas. "Porky's" es una solución más rápida y efectiva. Aquí encontramos todo lo que necesitábamos saber sobre los misterios de la naturaleza, y descubrimos el turbio pasado de la madre de Webster como prostituta bajuna de nombre Chichi Forever. También andaba por ahí Kim Catrall, haciendo de ninfómana, claro. El encasillamiento de esta mujer es sólo comparable al de un Bela Lugosi; probablemente muera en algún asilo fingiendo un último y senil orgasmo. En fín, ¿quién no se la ha medido siguiendo los pasos de Pee Wee? Pee Wee, qué tío. Si alguien le hubiera dado a probar viagra seguramente le habrían estallado las cabezas. Era como uno de esos perros que señalan en dirección a la presa, sólo que él se guiaba por el olor a hembra y, en vez de señalar, cuando adivinaba la presencia de alguna teenager cachonda en las inmediaciones comenzaba un martilleo pélvico que habría dejado en ridículo al mismísimo Peter North. Tampoco nos olvidamos de Cigarro Puro y su miembro descomunal; del zorrón de Wendy, o de la profesora de gimnasia, la Srta. Balbricker, empeñada en terminar de una vez por todas con el vicio, y la concupiscencia reinantes en el instituto Playa Ángel. "Porky's", pura leyenda. Los pobres diablos que ya tengáis hijos id preparando para dentro de nada una copia en DVD, porque esta generación viene muy espabilada.
EL ACOJONE DE TODA UNA QUINTA "¡Ya están aquí!" , anunciaba ese demonio de niña rubia platino en "Poltergeist" (Tobe Hooper, 1982). Otra película que seguramente casi ninguno vió en pantalla grande, pero que disfrutamos a escondidas de nuestros padres en casa del amigo con los arrestos suficientes como para alquilar la terrorífica cinta. La verdad, uno no sabe qué acojonaba más, si los espíritus enfurecidos o la vidente enana. Esa mujer era como un elfo demoníaco salido del Averno, y tuvimos que esperar hasta la tercera parte de la saga "Poltergeist" para que por fín los fantasmas se la llevaran al otro barrio. Bueno, el viejo del sombrero cordobés de la segunda parte tampoco era manco; aunque al fín y al cabo ése era de los malos. pero la enana. Aún siento escalofríos. En cuanto a la niña, ¿no podrían haberla dado en adopción? Jode la tele, llena la casa de indios difuntos encabronados, y encima ¡ella como si nada! Sólo una palabra: INTERNADO.
¡¡FIGHT THE POWER!! Ferris Bueller/Matthew Broderick, el estudiante que mejor se lo ha montado de toda la historia. Sus padres le adoraban, el pobre era tan delicado y su salud tan precaria. Con nada enfermaba. En el colegio todos le querían (todos menos el cabronazo del director, empeñado en que los alumnos asistieran a clase), su novia era nada más y nada menos que la princesa de "Legend" (una diosa llamada Mia Sara), y el padre de su mejor amigo tenía un Ferrari vintage del que por supuesto disponía cuando se le antojaba. Si luego lo acababa aplastando contra el suelo tras una caída de 20 metros, no pasaba nada. Ésa era la filosofía de nuestro ídolo: NO PROBLEM. La vida para el protagonista de "Todo en un día" (John Hughes, 1986) era un no parar. un no parar en la escuela ni para saludar a los colegas. Y para seguirle el ritmo se necesitaba un buen cargamento de anfetaminas, o Coca-Cola por un tubo. Mientras Ferris andaba comiéndose la ciudad, nosotros nos pudríamos en nuestros pupitres. Mientras él se lo montaba con su chica en una piscina, nosotros hacíamos flexiones. Los hay que nacen con estrella.
JIM HENSON, Y en el último apartado dejamos las chanzas a un lado y rendimos tributo a un genio entre los genios. Podríamos hablar sólo de "Cristal Oscuro" (1982), y ése sería motivo suficiente para tenerlo aquí entre nosotros; pero es que San Jim Henson se sacó de la manga toda la imaginería de "Barrio Sésamo", creó a los "Teleñecos" (Muppets, para los puristas), le colocó a Bowie una peluca a lo Tina Turner y lo puso a bailar entre marionetas en "Dentro del laberinto" (1986), ¡fue el ideólogo de "Fraggle Rock"! De una forma o de otra, Henson nos crió (a nosotros y a unas cuantas generaciones más). En este 2006 cumpliría 70 añazos, y a buen seguro seguiría siendo ese niño que jugaba con marionetas, si una enfermedad no se lo hubiera llevado en el año 1990. Pero da igual, todo el mundo sabe que vives para siempre cuando has escrito un par de líneas (ya lo decía Leonard Cohen), y Jim escribió un par de miles en el libro de la fantasía.
Enrique Campos
(con una insignificante -casi inexistente- colaboración de Natxo Oriol).
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