
(España, 2007)
El título de la cuarta película de Cesc Gay encierra una contradicción, o quizá algo de ironía, porque si bien es posible que las situaciones que Gay imagina no hayan sucedido ni tengan carácter autobiográfico, lo cierto es que todo en ella es tan real que duele. Duele ese tipo arrasado por la crisis de los cuarenta y que el gran Eduard Fernández interpreta con buen tino, echando mano de su faceta más introspectiva. Duele ese amor impracticable, ese flechazo inoportuno de besos que nunca se dan y que devuelve las ganas de vivir, aunque sólo sea para darse cuenta de lo que no se puede tener. Duelen los paisajes del Pirineo catalán; rotundos, imponentes. Un caramelo para el director de fotografía Andreu Rebés que saborea a placer y que ni él ni Gay desaprovechan. En ese entorno tocado por la mano de Dios el personaje de Fernández recupera el aliento de una vida que se le hace cuesta arriba sin saber muy bien por qué. No hay mejor escenario que esas montañas coronadas de nubes para rezar el "¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?".
Tiempos difíciles éstos para el intimismo y la profundidad emocional; para la calma y las reflexiones adultas. Pero Gay se pone por montera las leyes de la industria y, como su atormentado alter ego "ficticio", hace películas sobre gente que vive como la gente. Gente que habla como la gente. Gente que, como la gente, a veces se cansa y escapa del mundanal ruido buscando exorcizar demonios. Para colmo de bienes, aquí y allá suena la música de Nick Cave, la banda sonora perfecta para recorrer esas carreteras bordeadas de praderas y niebla.
Cesc Gay, un hombre con buen gusto y mejor criterio, para regocijo de los pocos -pero elegidos- que se dejan mecer por su cine.
Enrique Campos
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