SINIESTRO TOTAL

"Tocar con Mick Jones en el Sacromonte fue algo

que tendré que contar a mis nietos"

 

Corría el año 1982. En los albores de la década de la Movida, los cuatro jóvenes que habían siniestrado su coche en el puerto de Vigo debutan en la etiqueta Dro con el Ep Ayudando a los enfermos. Es la sexta referencia del sello -entonces independiente-, fundado por Servando Carballar, de Aviador Dro. Las primeras canciones de Siniestro Total, entre las que se encuentra la ya clásica Ayatollah, definen una suerte de punk gamberro que revoluciona el patio principal madrileño. El conjunto gallego pretende combatir "el aburrimiento general" con "planteamientos iconoclastas y neodadaístas en los textos". Y así hasta un cuarto de siglo, que es lo que llevan de manera ininterrumpida en este mundo tan oscilante de abandonos y retornos onerosos. Popular, democrático y científico, de 2005, es el trabajo más reciente de la banda y otra muestra de inteligencia luterana.

 

Al frente de Siniestro, topamos con el polifacético Julián Hernández (Madrid, 1960). Hace tiempo que alterna la militancia en su grupo de toda la vida con otro proyecto: Transportes Hernández y Sanjurjo. Ahí explota su vena más vitriólica y acústica con el acordeonista Rómulo Sanjurjo. Pero, además, Julián saca tiempo para montar la compañía Discos de Freno, publicar libros y ejercer de opinante en la prensa diaria. "Nada de lo que se publique en un periódico puede ir a misa porque, entre otras cosas, lo que digas servirá para envolver un bocadillo de panceta al día siguiente", explica este músico que sueña con ver a los Who en directo este mes y ampliar su colección de guitarras. "Adoraría tener la pasta suficiente para comprarme un Fender Jazz Bass, una buena Rickenbacker y una Stratocaster Sunburst de los 60" , comenta.

 

 

Pregunta.- Tanto tiempo de Siniestro y siguen en su interminable gira por la España profunda. Al contrario que los puticlubs de Vigo, ¿no cierran por cansancio?

 

Respuesta.- ¡Je, je! La España debe ser profunda por todas partes porque no hacemos pie en ningún lado. Más bien hacemos manitas. No cansa el rock and roll sino cargar con los amplificadores. Ya decía Joe King Carrasco que éste es un trabajo muy divertido pero se duerme muy poco. Básicamente, curramos cuando los demás se lo pasan bien. ¿Algún problema?

 

P.- ¿El Julián de hoy difiere mucho del que aporreaba la batería en los Salesianos?

 

R.- Mi afán de trepa llegó a finales de los 80, cuando ya no conseguía encajar los ritmos que imponían los riffs de Javier Soto en las canciones y tuvimos que recurrir a un poeta de las baquetas, Ángel González, para que marcara el latido de la banda. Uno difiere mucho cada día del que fue la víspera, por si sirve de algo.

 

P.- Bueno, ahora gestiona un sello discográfico, desde donde canta que está hecho un liberal. ¡Como Phil Ochs!

 

R.- No. Phil Ochs era irónico y la versión de Transportes Hernández y Sanjurjo también, ¡sólo faltaría! Pero al parecer resulta difícil que lo pille alguien. En fin.

 

P.- Usted iba para profesor de instituto, ¿qué se torció?

 

R.- O qué me torció. Pues fue una cosa que se llamaba Curso de Adaptación Pedagógica (C.A.P.), en el que me di de narices con los y las que iban a formar un claustro de profesores al que yo tenía que acudir para modelar las mentes vírgenes de nuestra imberbe juventud.

 

P.- Y pertenece a la generación de gallegos que, tras la muerte de Franco, reivindicaron una "enseñanza popular, democrática y científica".

 

R.- No recibimos esa enseñanza porque aquello era una reivindicación jamás alcanzada. En el instituto aprendí a jugar al futbolín, a leer algunos libros, a pasarme las tardes lluviosas de teenage depresión tocando la guitarra y a mover una moneda de 50 pesetas entre los dedos de mi mano izquierda. Todo ello armonizado por los Beatles, John Lee Hooker, Stockhausen, Slade y Eric Dolphy, por muy raro que a usted le suene.

 

P.- ¿Le ha enseñado más el amor?

 

R.- Sí. Y también hay que desaprender en ese terreno porque, a veces, lo que nos han implantado de pequeños es una pura patraña.

 

P.- Lo digo también por el poema que usted recupera de Ángel Guache, que describe con ligereza esa aflicción.

 

R.- Guache es un personaje, una persona y un escritor de lo más normal; o sea, fuera de lo que se considera normal. La "poesía oficial" tiende a la petulancia y el esnobismo. Guache tiende a la raíz de las cosas con un swing sin complejos y una capacidad de sufrimiento, aunque parezca lo contrario, infinita. Es la demostración con patas de que lo peor que le puede pasar a alguien en este mundo es ser un cursi y un ramplón. La modernidad está aquí al lado y hay que descubrirla.

 

P.- En Transportes Hernández y Sanjurjo consigue ser divertido mientras se mete en su papel más trovadoresco. ¿Lo suyo con el folk es vocacional?

 

R.- El rock también es folclor. Y la vocación tiene algo de seminario, que, como su propio nombre indica, tiene que ver con semen. Woody Guthrie, Pentangle, Charley Patton, Javier Krahe, Ray Davies, Malcolm Scarpa, Elvis Costello, Josele Santiago. ¿alguien da más?

 

P.- Chesterton decía que "el humor es el lenguaje de la inteligencia".

 

R.- Chesterton decía también que "algunos de mis lectores son humanos". ¿Cómo lleva usted eso, dada su condición de periodista?

 

P.- ¿La tocahuevez es una enfermedad que se cura con el tiempo?

 

R.- No, hombre, no. Tocar los huevos es afición de largo recorrido que se agria con la distancia y que se agrava con la edad. Es fundamental, eso sí, mantener las formas y conseguir un bonito póster para anunciar a los cuatro vientos la próxima cabronada.

 

P.- Estos conciertos de Siniestro Total sirven para sacar mucho material del sótano. ¿Le ha levantado el castigo a alguno de sus viejos discos?

 

R.- ¡Señor, sí, señor! Concretamente al segundo de Siniestro Total, El regreso. ¡No podía soportarlo! Pero, al montar la reedición remasterizada y con extras sonoros y gráficos de Oscar Mariné, me di cuenta de que aquello era un festival lisérgico de mucho cuidado. Y eso que sólo había cerveza y berberechos en el estudio.

 

P.- Sabe del influjo de los Clash en Granada: Joe Strummer produjo a 091. ¡Y usted tocó con Mick Jones en el Sacromonte!

 

R.- Lo recuerdo como una de las cosas que tendré que contar a mis nietos, si algún día existe tal cosa. Cuando tenga pasta invitaré a Tymon Dogg a grabar en Galicia y cuando tenga tiempo escribiré cómo Mick Jones me preguntó por el significado de la letra de Spanish bombs, que había escrito su amigo. ¿No se hablaban o qué? Por si fuera poco, aprendí un montón de Richard Dudanski y Tom Lardner, y decidí que algún día sería bajista de algún grupo que quiera acogerme con buen corazón.

 

P.- Por cierto, ¿usted sigue siendo un punkie?

 

R.- ¡Pues claro! Aunque, matizando, me tendría que remitir a la novela Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo, para que esto se comprenda. En realidad, más que ser punkie se trata de perpetrar una estética y una ética punk. Y quizá eso dé para varias entrevistas.

 

P.- Y el porno, ¿lo dejó definitivamente?

 

R.- Ya me gustaría, ya: eso no se deja nunca. Aunque, en realidad, sólo pasé por el rodaje de una película de Narcís Bosch haciendo el indio. Quiero pasarme por alguno más y volver a ver a gente tan estupenda como Sara Bernat, Max Cortés o Nacho Vidal. Más que el porno, a mí lo que me gusta es la pornografía. Algún día hablaremos de esto largo y tendido. Mejor tendido.

 

 

 

Eduardo Tébar.

 

 

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