Ron Sexsmith es el cantautor definitivo de la última década. Canadiense, 43 años. Aspecto de grandullón aniñado. Tiene cara de angelito y no se separa de su guitarra. La misma con la que, en los ochenta, emulaba a Pete Seeger y a Neil Young por los garitos 'folkies' de Toronto. Al mismo tiempo, vendía sus grabaciones en cintas de casete. Hasta que Bob Wiseman, el carismático teclista del grupo Blue Rodeo, auspició la publicación del primer trabajo de Sexsmith en 1991. Su título, Grand opera lane.
"Grabé mi primer álbum con 27 años. Cuando era niño me gustaba cantar viejas canciones para mis abuelos, pero nunca pensé en tocar la guitarra ni nada de eso. Ya en mi adolescencia, solía actuar en los bares versionando temas de Neil Young. A veces, probaba introducir algunos míos, pero no le gustaban a nadie. No encontré mi camino hasta que fui padre a los 20 años", confiesa.
Ahora presenta Time being, el décimo de su discografía. Doce canciones de minuciosa artesanía pop, en las que el trovador ve la luz después de superar un divorcio. "Ya no hay tanta melancolía, tanto sentimiento de pérdida". Además, le llueven los halagos: Elton John ha declarado que Sexsmith tiene la voz de un ángel, mientras otros lo comparan con Paul McCartney o Bill Withers. "Adoro a Bill, me gusta Paul. pero mi cantante favorito es Bing Crosby".
Ron está en racha. El guitarrista apocado en los antros, descrito al inicio de este relato, puede presumir de haber obtenido, en 2005, un 'Juno' -equivalente al premio 'Grammy' en Canadá- al mejor compositor. Sin modificar los postulados independientes y libertarios a los que se debe. "Fue bonito y emocionante, pero no le doy mucho valor a los galardones ni a las galas de entrega", contesta rotundo. La intensidad preciosista de sus orfebrerías sonoras ha embrujado a intérpretes tan dispares como Rod Stewart o la cantante de ópera Anne Sofie von Otter, que solicitan versionar sus canciones. "Es agradable oír otras voces intentando conmover con mis composiciones. Siempre es una experiencia aduladora."
En la actualidad, Ron Sexsmith goza del mismo tratamiento eximio que los nombres de culto. "Me encanta estar de gira. Tengo un público minoritario pero fiel." Encima, sus amigos del estatus superior, Coldplay y Lucinda Willliams, se lo rifan como telonero por Estados Unidos. Precisamente, en la tierra de las oportunidades fue a parar junto al cárdeno Steve Earle, que le apadrinó tras quedarse prendado de esas historias suburbanas en la apariencia de un chico tímido. Año 1988. Se encontraron en el lugar más propicio para conquistar el corazón de una bestia malherida como Earle: la barra de un bar. Fruto de la unión, mucho después, Earle produjo Blue boy (2001). "Steve es muy grande. Fue el primero en apostar por mí. Iba a verme tocar mientras bebía y una noche quiso darme su teléfono. Debo agradecérselo, porque creo que no podía ayudarse ni a sí mismo". ¿Volverán a trabajar juntos? "Me gustaría, pero no lo hemos hablado."
No obstante, Sexsmith revela su compromiso: "Cada nuevo disco de un autor cómplice es como quedar a tomar un café con un viejo amigo, que te cuenta cómo le va la vida." Y añade: "Estoy bastante orgulloso de la herencia de los letristas canadienses. Es una tradición por la que tengo un enorme respeto."
Hoy, Canadá es un ejemplo de proteccionismo artístico. La música nacional ocupa un espacio generoso en la difusión mediática. ¿Resultados? Bandas 'indies' como The Arcade Fire o Broken Social Scene obtienen una insólita repercusión internacional. Ron Sexsmith, absolutamente desconocido en España hasta 1995, tiene sus reservas. "Parece que algo está pasando estos días. Antes, los grupos canadienses no daban tantas vueltas al mundo como ahora, así que supongo que será bueno. Pero yo no soy lo bastante 'cool' para estar incluido en la nueva ola de bandas canadienses". Claro que no. Lo dice un fabricante de canciones atemporales, de esas que nunca pasan de moda.
Eduardo Tébar.
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