
(Japón, 1936)
La Ayako de "Elegía de Naniwa" es una de ésas, una de ésas que a nadie interesa, y no va de esquina en esquina porque no era el estilo de las meretrices del Japón de los años treinta del siglo pasado. Allí incluso las putas tenían su códigos hipocráticos. Códigos que tal vez no necesitaran porque, como sale a relucir en este penoso retrato de Kenji Mizoguchi, aquí la ramera, de honra y dignidad, es la que más sabe. Quizá no tanto de apariencias e hipocresía, y eso es lo que la va a perder.
Película prohibidísima en su día en el país del sol naciente pese al guante blanco argumental de Mizoguchi y de su guionista de entonces, Yoshikata Yoda. Por supuesto, no hay sexo que valga, salvo alguna que otra alusión muy (MUY) soterrada; pero esta historia de la mantenida que mantiene, de la prostituta repudiada por una familia que vive de su mercadeo carnal y que, por ende, coloca a los hombres, a los señores de la casa, a la altura de ratas cobardes, no sentó nada bien a los censores de la patria del honor y el hara-kiri. Poco iban a importar pues la maestría de Mizoguchi, su realismo austero o su manera ejemplar de ir siempre al grano (le basta una hora para cumplir con la tarea autoimpuesta: hablarnos del cuándo, el cómo, el quién y el porqué). Otros lo dicen más alto (en realidad sólo hacen más ruido), pero no más claro. Poco iban a importar todas las virtudes artísticas o cinematográficas del mejor director japonés de todos los tiempos (con permiso de Don Akira) ante el muro mental de la censura. Sin embargo la censura y los estrechos de mente pasan; las películas como "Elegía de Naniwa" (tras)pasan. Pequeñas historias; grandes obras. A veces sucede.
Enrique Campos
*comenta este artículo en nuestro foro
©2008 paisajeseléctricos