El Siriviente

The Servant

Joseph Losey

(Reino Unido, 1963)

 

Rodearlo todo de un halo de normalidad y calma chicha es el abc de las mejores intrigas y de los dramas psicológicos más turbadores. En ese sentido, "El sirviente" es modélica. Partimos de una inicial serenidad, siendo testigos de la ociosa vida de un soltero potentado, y la diligencia de androide con la que su recién contratado criado se ocupa de su elegante casa de barrio bien inglesa para, poco a poco, encaminarnos hacia un punto en el que todo se descontrola, en el que ese señorito descubre que está tan hecho a ese eficaz mayordomo que sin él se siente como un inválido. Entonces surge la cuestión: ¿quién es el esclavo de quién?

 

Joseph Losey juega a las sombras chinescas y, sobre todo, otorga capital importancia a los reflejos. Espejos, cristales o charcos en la lluvia son los verdaderos espectadores de esta relación algo cainita entre amo y mayordomo en la que siempre se sugiere más de lo que se muestra, tanto si hablamos de maldad y perversión, como de erotismo. A través del objetivo de Losey unos pies desnudos sobresaliendo de una butaca isabelina tienen más carga sexual que todo el elenco del Copacabana mostrando encantos. Además, exprime todo el jugo a ese ten con ten entre el mejor Dirk Bogarde y el rubio James Fox , que pasan de las buenas maneras y la flema inglesa a comportarse como auténticos hooligans.

 

Lo de Losey es cine de alta escuela, ajeno a modas e inmune al paso del tiempo. Ni siquiera hay demasiados trazos del look ye-yé de ese swinging London en el que se ambienta, a excepción hecha de los cardados de la sexy Sarah Myles y del resto de féminas del reparto. La música, puro jazz de etiqueta negra. Sólo para sibaritas.

 

 

 

 

Enrique Campos.

 

 

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