el hombre que

sabía demasiado

the man who knew too much

Alfred Hitchcock

(Reino Unido, 1934)

 

Fue la película con la que Sir Alfred comenzó a ganarse la atención de Hollywood y, aunque un par de décadas después la reharía con más dinero, más metraje y con su amigo Jimmy Stewart de absoluto protagonista, en esta versión primigenia Hitchcock ya sentó las líneas maestras de lo que sería su carrera y su escalada al Olimpo del Séptimo Arte. Primero: que ninguna situación es lo suficientemente peliaguda como para no poder descargar algo de tensión echando mano de un poco de guasa (y si era malafollá a la inglesa, mejor que mejor); y segundo, y más importante: en la intriga, el qué, el cuándo y el porqué no importan un pimiento siempre que se sepa distraer convenientemente al respetable a base de darle a la narración un ritmo en constante crescendo. El célebre "mcguffin" tiene en "El hombre que sabía demasiado" un ejemplo meridiano: no se sabe lo que pretenden los malos, qué persiguen ni qué secretos ocultan. No es necesario saberlo. El espectador sabe lo que tiene que saber: que son los malos. Gente fea, cabreada, perversa... Como Perter Lorre, que actuaba por primera vez en la lengua de Shakespeare y, aun sin tener ni repajolera idea de lo que estaba diciendo (se aprendía los diálogos fonéticamente), era el pérfido prototípico. Hacerse odiar, ésa era su tarea y aquí, con tinte de pelo a lo mofeta, cicatriz en la frente y pitillo perenne colgando del labio inferior, Lorre encarna la imagen del mal, del vicio, de la corrupción... Con semejante físico no le quedaba otra. Nació para ser acribillado por la policía, en el mejor de los casos, o para ser linchado por una turba enfurecida. Era su sino. Sin embargo, aunque malévolo, su personaje en "El hombre..." es de largo el más carismático. El resto de sus compañeros, sus compinches o sus enemigos, resultan inevitablemente acartonados, como de otra época; no pueden competir con el desparpajo y el descaro del alemán.

 

Volviendo con el orondo maestro, él pasaría a la historia por obras con mucho más empaque del que tenía esta pequeña producción rodada casi telegráficamente; pero la simiente del futuro rey del suspense ya germinaba entre el celuloide de sus primeros éxitos. Eso sí, queda para la posteridad esa barroquísima lucha a sillazo limpio entre los bandidos y los hombres de bien. Bob Dylan lo diría de esta manera: ¿cuántas sillas tienen que romperle a un hombre en la cabeza para que caiga redondo al suelo? La respuesta, amigo mío, está flotando en "El hombre que sabíia demasiado" (cosecha 1934).

 

 

Enrique Campos

 

 

 

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