
El déspota del título es, por supuesto, Charles Laughton , en uno de sus típicos personajes grasientos, flatulentos y francamente despreciables. Padre viudo de tres hijas en el Londres victoriano a las que maneja con mano de hierro. Las humilla y las somete a un continuo trato cuanto menos poco decoroso. Pero todo tiene un límite, y cuando una de ellas decide sublevarse resulta que no era tan fiero el león como lo pintaban.
Tiene "El déspota" , a pesar de su dickeniano argumento, un tono eminentemente cómico, porque cómico es ése tipo patético que, aún con todos sus gritos y sus amenazas, no es nada sin una mujer al lado. En el fondo es la película de Lean un alegato pro-igualdad y anti-machista rodado mucho antes de que esas denominaciones fueran argumentos habituales en la sociedad moderna.
Divertida y teatral, y con el indudable gancho del gran Laughton , al que no dudamos en rendir tributo cada vez que la ocasión lo permite. ¿Acaso alguien lo merece más que él?
Enrique Campos.
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