
En los últimos años Tom Ripley, uno de los personajes estrella de la escritora Patricia Highsmith , ha estado bastante en boga gracias a un par de adaptaciones de sus intrigas: "El talento de Mr. Ripley" y la más reciente "El juego de Ripley" . Sin embargo, ya en los años 70 el sin par Wim Wenders se fijó en el potencial del enigmático Ripley e hizo una libérrima versión de sus andanzas en "El amigo americano" .
El objeto principal de la trama, y lo que probablemente más sedujo al director alemán, es la posibilidad de convertir a un hombre normal, buen esposo y amigo de sus amigos, en un sicario despiadado. A partir de esa premisa, Wenders construye un thriller urbanita, entre Berlin y Paris, con arrebatos de esteticismo marca de la casa; sirviéndose de la fuerza de las imágenes y la intensidad actoral para suplir los pocos puntos ciegos de un guión que no es (ni pretende ser) ningún mecanismo de relojería.
Para el papel de Ripley Wenders contó con su camarada Dennis Hopper , tan impredecible e histriónico como era de esperar en uno de los tipos más excesivos que ha dado el cine. En la orilla opuesta el temple de Bruno Ganz , un maestro de la contención y los matices al que nunca nos cansaremos de alabar. Así, Hopper y Ganz , Ganz y Hopper dan vida a una de esas extrañas parejas que, a pesar de todo, funcionan porque, sea o no un tópico, los polos opuestos hacen casi siempre muy buenas migas.
En resumen, Miss Highsmith pone el esqueleto y Win Wenders lo rellena a su gusto; un gusto que, a menudo, suele ser también el nuestro.
Enrique Campos.
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