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Hay un momento en el que el ex-editor Samuel Riba, mi nuevo héroe moral y protagonista absoluto de “Dublinesca”, elabora una teoría literaria acerca de cómo debería ser la novela del futuro. Esta debe contener intertextualidad, conexiones con la alta poesía, conciencia de un paisaje moral en ruinas, ligera superioridad del estilo sobre la trama y escritura vista como un reloj que avanza.
Riba, hikikomori o autista informático forzado desde que abandonó el mundo de la edición, desecha su propia teoría acordándose de lo que hablaba Pessoa, “el sagrado instinto de no tener teorías”, pero Vila-Matas (que en el fondo, es un trasunto de Riba), no.
En “Dublinesca” encontramos todos esos elementos esenciales. Hay una constante intertextualidad, la novela está plagada de citas, referencias y alusiones a escritores, algo habitual en Vila-Matas; también a películas y obras de arte. Hay conexiones con la poesía, de hecho, además de insertos de poemas se nota una esmerada precisión poética en la construcción de algunos fragmentos. Hay una conciencia de paisaje en ruinas en la historia del propio Riba, en la ciudad de Barcelona (más lluviosa y gris que nunca), en su periplo interior y exterior… Y la trama es una reloj que avanza, aunque no siempre en sentido de las agujas.
Vila-Matas ya nos lo avisó hace tiempo. Padece el “mal de Montano”, una curiosa enfermedad que provoca obsesión total por la literatura. Su vida es literatura, gira en torno a esta y se entiende a partir de ella. Es su manera de vivir. Así que no es extraño que sus novelas, en ese sentido, sean una invitación al “lector con talento” para que indague y busque, para inocularle algo de ese mal.
“Paris no se acaba nunca” era una novela que puede servir perfectamente de útil guía de la ciudad. “Historia abreviada de la literatura portátil” es el camino al centro del surrealismo y al verdadero significado de lo shandy. Para quienes no les conocíamos, “Doctor Pasavento” fue una manera de descubrir a Pessoa y a Robert Walser. Gracias a “Desde la ciudad nerviosa”, un servidor se acercó a César Aira y Rodolfo Enrique Fogwill, dos de los narradores argentinos más importantes (y divertidos) de las últimas décadas. “Bartleby y compañía” es un hervidero de autores excelentes fascinados por la nada a los que acercarse, empezando por Melville y terminando por Juan Rulfo o Salinger. Cuando he terminado “Dublinesca”, me han entrado ganas y energías para volver al “Ulysses” de Joyce. Las dos novelas parecen haber entendido el valor de lo insignificante. El mundo y la vida están hechas de cosas triviales. Si Joyce tomó lo absolutamente mundano para darle una base heroica de alcance homéricos, Vila-Matas, con gran ironía, narra la vida de otro personaje con una vida muy corriente y su viaje para asistir al funeral en Dublín por el fin de la era de la imprenta, de la galaxia Gutenberg.
Viaje en el que aparecen Kafka, Artaud, Borges, Beckett, Cortázar, Rimbaud, Magris, Gil de Biedma … o incluso Paul Auster.
La última novela del catalán más europeo nos ofrece reflexiones profundas sobre la muerte y la vejez, el fin de la cultura o de una época literaria, la religión, el arte, la amistad… cargadas de ironía y siempre relacionadas con lo que grandes autores aportaron a estos temas. “Dublinesca”, se convierte así, en un perfecto artefacto metaliterario.
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