el retrato de dorian gray

the picture of dorian gray

Albert Lewin

(EEUU, 1945)

 

De adaptaciones de clásicos de la literatura están los cementerios llenos; sin embargo, el guionista y director ocasional Albert Lewin logró en esta versión de la obra maestra de Oscar Wilde un digno equilibrio entre una trama atractiva que atrajera a los espectadores a las salas de cine y el poso genial de las reflexiones del dramaturgo irlandés. Wilde imaginó la metáfora idónea del alma corrompida por la bajeza en ese cuadro que envejecía y tornaba en monstruo mientras el modelo de carne y hueso, el gentilhombre Gray, permanecía inalterado, joven, angelical.

 

Lewin encaró la traslación a la pantalla grande de "Dorian Gray" como un relato más o menos al uso de romance y misterio, con humos teatrales, reservando casi la totalidad del peso de los dardos verbales de Wilde para el personaje de Henry Wotton (sensacional, como siempre, George Sanders), instigador y mecenas del despertar de Dorian al mundo del hedonismo y el libertinaje. Y aunque este "retrato" puede carecer de la profundidad del texto original, no traiciona ni en su espíritu ni en su mensaje la exquisita novela del dandy Wilde. ¿Hay algo más delicado que la belleza virginal de Angela Lansbury -medio siglo antes de ponerse a "escribir crímenes"- o Donna Reed? Don Oscar habría preferido a Hurt Hatfield, el efébico ejecutante de Gray; pero ese es otro cantar. Para Wilde, ante todo y sobre todo, la juventud era el único tesoro que merecía la pena conservar; pero todo tesoro, todo lo que se desea ciegamente, puede convertirse en maldición. Que le pregunten, si no, al desdichado Dorian.

 

 

 

Enrique Campos

 

 

 

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