Hubo un tiempo en que en la dirección de bastantes sellos discográficos había ejecutivos melómanos, cultos, fans de los mejores artistas de su catálogo. Y esos sellos eran rentables. Hoy los asistentes a esos consejos de administración corretean como pollos descabezados, sálvese quien pueda, siguiendo las directrices erráticas y las ocurrencias de analfabetos funcionales con vistosa starlette (latina o no) adosada; aplaudiendo las fusiones y contrafusiones engendradas en la mente de algún crío prodigio de las finanzas aplicables a la charcutería, regalando por doquier sogas a todo aquel que tuviera ganas de ahorcarles. Hubo en tiempo, snif, en que el retrato robot del tipo con capacidad de tomar decisiones en esos ambientes tenía más rasgos de Norman Granz que de Tommy Mottola. Eran otros tiempos, definitivamente.
A Granz le corría el jazz por las venas. Él convirtió el catálogo de Verve en uno de los monumentos sonoros del siglo XX y se dejó la piel para que sus artistas acabasen gozando de reconocimiento universal. ¿Táctica? Puro sentido común: poner en manos de cada uno de ellos los medios y los estímulos capaces de sacar lo mejor que llevasen dentro. Por ejemplo, Granz impuso la grabación, durante más de dos décadas, de incontables jams que buscaban la química perfecta entre músicos que no siempre parecían condenados a entenderse.
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D. Gillespie: Live in Tunisia 1958
"Sonny Side Up" es una de las piezas maestras en esa forma que tenía Norman Granz de invocar el milagro a base de tentar a los mejores músicos que se le ponían a tiro con la doble golosina de la libertad y de la disponibilidad de lujo, tiempo e inmejorable compañía en el estudio de grabación.
Aquí Dizzy Gillespie parece oficiar como un amable maestro de ceremonias que no entra en la batalla encarnizada de los dos jóvenes tenores: Sonny (Stitt) y Sonny (Rollins). Stitt (1924), seis años mayor que Rollins, parece en estas cuatro piezas, sin embargo, el aspirante a líder de la manada que, buscando marcar territorio y ganarse respeto, enseña lo dientes a un Rollins que acepta el pulso y se las arregla para no perderlo, a base de subirnos unos palmos de cielo más arriba allí donde casi nadie le hizo sombra: en la improvisación. Rollins y Stitt caminan un rato, conversando amigablemente, por el lado soleado de la calle y, cuando Gillespie prende la mecha, se desata la mundial.
texto: Alfonso García.
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