bob dylan

pab. inst. ferial, jaén

5/07/08

 

 

Quique González fue el encargado de abrir brecha en la calurosa tarde jienense que nos acogía ajena a lo que se avecinaba. Nos deleitó durante una media hora con varias de sus perlas -las más dylanianas de su repertorio- tales como "Avería y Redención", "Pequeño Rock & Roll", y alguna más, que hicieron las delicias de los notables sectores que recibimos al madrileño como el auténtico talento que es. Pasados esos treinta minutos aparecieron los técnicos del bardo de Minnessota dando los últimos retoques al escenario que dentro de poco sería invadido por un rock clásico de impactante estampa.

 

Con apenas cinco minutos de retraso Dylan y sus músicos salieron a escena. De riguroso traje -como el resto de la banda- y tocado con uno de sus inseparables sombreros, el poeta de Duluth se colocó delante de su teclado -del que apenas se separaría en todo el concierto- y comenzaron a fluir los acordes de la primera de las descargas que verterían sobre nosotros. Que no fue otra que "Watching The River Flow". La voz fluía a borbotones, áspera, casi a punto de quebrarse, manteniéndose en la cuerda floja, pero asombrosamente acomodada al sonido de la banda, dando armonía al conjunto. Bob lanzaba alguna que otra furtiva mirada al público pero hasta la cuarta canción, "Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again" -del redondo "Blonde On Blonde"- no comenzó a conectar de manera clara con el respetable. Fue sólo el preludio de lo que iba a ser una actuación llena de entrega que quedaría para siempre fijada en la retina de todos los allí presentes.

 

La banda enlazaba una canción tras otra, sin apenas respiro, ejecutadas con maestría, dando muestras de la alta calidad de los músicos que se afanaban en que todo estuviese en su sitio. Canciones que nos entregaban distintas, no sólo de sus versiones oficiales, sino completamente diferentes de las que habían sido tocadas apenas la noche antes. El juego estaba en adivinar bajo qué nueva piel se escondía cada una de las joyas que nos estaban regalando.

 

"Rollin' And Tumblin'" fue la primera que ejecutaron del último trabajo de estudio de Dylan. Un disco jugoso, lleno de canciones perfiladas, rebozante de rock tradicional al que el poeta ha tenido la desfachatez de llamar "Modern Times". Dejando claro que el rock es imperecedero. La interpretación, cargada de fuerza, de "Things Have Changed" fue otro punto álgido de la noche y Bob cada vez estaba más suelto, más a gusto en su propia piel y con el recibimiento que estaba teniendo del público. Ya -cosa nada usual en él- sonreía abiertamente. Volvió a "Modern Times" con la jugosa "Spirit On The Water", tema poseedor de magia propia que nos transportó a otra dimensión dejando un enorme vacío más allá de la propia canción en sí.

 

 

Habiendo apenas tomado tierra arremetieron con "Highway 61 Revisited" en una cáustica interpretación que nos liberó de una potente carga de adrenalina. Con "Ain't Talkin'" -Bob consciente de la fuerza de su último trabajo no dejo de planear sobre él en ningún momento- se cerró el bloque principal del concierto sin que Dylan hubiese abierto la boca. Su música hablaba por sí misma. Hizo lo que mejor sabe hacer, regarnos con música de excelente calidad, interpretada con profesionalidad y cargada de letras de rabiosa actualidad, aunque alguna de ellas tengan más años que muchos de los que estábamos allí aquella noche.

 

Tras diez minutos eternos en los que el público no dejó de reclamar la vuelta de los músicos al escenario, volvieron a aparecer y Dylan presentó a la banda, ciñéndose sus palabras a eso. Acto seguido comenzaron con la ejecución de "Thunder On The Mountain" elevándonos para nada más caer volver a la carga con "Like A Rolling Stone" (que a día de hoy es mucho más que una canción, es todo un himno), de la que Bob cantó su versión y el público la suya propia, cargada de fuerza, haciendo hincapié en el estribillo y dándolo todo. En un intercambio de energía que puso el broche de oro a lo que para muchos fue un regalo del cielo. El propio Bob -visiblemente emocionado- y sus músicos, nada más acabar con la ejecución de esa obra maestra acudieron al centro del escenario para recibir el calor de los allí presentes. Apenas unos instantes en los que pudimos ver a un Dylan emocionado con los brazos en alto devolviéndonos lo recibido. Aquella noche había sido especial, para él y para nosotros. Había recibido nuestra fuerza y nosotros la suya. Abandonaron el escenario y tras ellos, rápidamente, una maraña de técnicos comenzó con el desmontaje de todo y es que, apenas veinte horas después, tenían que estar tocando bajo cielo madrileño, continuando con el implacable paso de ese torbellino llamado Never Ending Tour.

 

 

texto: David Dueñas

fotos: Austin Chronicle / California Press

 

 

 

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