
(España/Francia, 2008)
Once años han pasado desde que Álex de la Iglesia cumpliera su sueño (o el sueño que se le presupone a un mitómano como él) de ponerse a los mandos de una producción anglosajona en "Perdita Durango"; pero el fiasco de crítica y público fue tal que el director vasco ha tenido que olvidarse de grandes producciones durante un tiempo y volver a la madre patria en espera de una nueva oportunidad (ese "Fu Manchú" que parece que nunca acaba de tomar forma). "Los crímenes de Oxford" es el segundo trabajo del autor de "El día de la bestia" con reparto internacional y rodado en el extranjero, y, muy a pesar de sus incondicionales, de nuevo ha vuelto a pifiarla el orondo Álex en sus aspiraciones hollywoodienses. Ha entregado una cinta de intrigas y asesinatos muy al uso, enmarañada en juegos matemáticos y lógicos, que encuentra sus flaquezas más en el planteamiento general del proyecto que en lo rocambolesco del relato que pone en liza. De la Iglesia y su escudero Jorge Gerricaechevarría han pergeñado un guión tramposo del que manan todos y cada unos de los tópicos del género como de una presa a punto de desbordarse; recreando los personajes de la novela de Guillermo Martínez con trazo muy grueso, rozando la caricatura en más de un caso. Sin irnos muy lejos, el propio protagonista, un empollón americano encarnado por Elijah Wood (Frodo Bolsón para los amigos) resulta ser un playboy de altos vuelos que acosa y derriba a cuanta hembra se le pone a tiro, entre otras a una Leonor Watling en toda su deliciosa voluptuosidad. Un recurso barato para introducir algunas escenas subidas de tono que, sí, tal vez sean de agradecer si la Watling está de por medio, pero que dinamitan (por innecesarias, gratuitas y muy cogidas por los pelos) cualquier atisbo de seriedad o credibilidad. No lo puede evitar Álex, el exceso le acompaña allí donde va; unas veces para bien y otras, como es el caso que nos ocupa, para caer en la mediocridad.
Como premio de consolación podemos quedarnos, aparte de con las curvas de Leonor y su facilidad para desenvolverse en la lengua de Shakespeare, con la siempre imponente presencia de John Hurt. A falta de un Gandalf, él es aquí el que se encarga de salvarle los muebles al hobbit Wood. ¡Qué vozarrón el suyo!
Sea como sea, a pesar de todos los pesares, esperemos que no tenga que transcurrir otra década para que alguien le firme un cheque en blanco a Álex de la Iglesia. Tiene tesón y su talento para divertir al público no se puede poner en duda. Algún día le llegará la hora de rozar los dedos de su ídolo George Lucas.
Enrique Campos
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