chamuscadilla
A finales de los setenta, principios de los ochenta, eras absolutamente casposo o absolutamente moderno. La disyuntiva era moverse para respirar o conformarse con lo de siempre. Personas como Alicia Navarro (Alicia Malicia) lo tuvieron clarísimo: el punk era la redención. Otro asunto es que, casi treinta años después de tanta y tan decisiva acción, Manolo siga aporreando su bombo por esos campos de fútbol; otra cuestión que los anuncios de politonos, a página completa, te devuelvan una imagen certera y terrible de la sociedad en la que habitas. Y otra evidencia cruel, que las parejitas de zombies con las que debería identificarse el ciudadano medio (¡cruel publicidad!) hagan planes, desde la pequeña pantalla, soñando con lo bien que lo van a pasar cuando tengan su propio apartamento en Marina D'Or (ciudad de vacaciones).
¿Para qué demonios, entonces, la rebeldía, el gesto y la ilusoria certidumbre que se tuvo entonces de estar transformando un estado de cosas, abriendo respiraderos y caminos que se suponían sin retorno? ¿Fue todo inútil?, ¿Fue la ficción endogámica de muchos niños "mal" de familias "bien" arropados por un nutrido pero impermeable círculo de supuestos o reales artistas, cronistas asimilados y políticos al acecho? Probablemente haya que acabar conviniendo que aquello que tristemente acabó estabulado en el horrible término "movida" fue poco más que una pomba de jabón; algo que se vivió, desde dentro y desde fuera, como un huracán transformador y, dirán los desmitificadores crónicos, que no alcanzó ni a vientecillo biodegradable.
Pero, ¿y los protagonistas? No creo que nadie pretendiese que Madrid -y otras ciudades contagiadas- fuese en 1981 el trasunto de Viena en 1900, París en 1950 o Londres en 1964. Los héroes, los impostores, los alucinados, los que hicieron caja, los que no han vivido para sentir nostalgia... todos conformaron un paisaje sobre el que muchos pontifican (Rockola debió tener el aforo del Bernabéu para haber acogido a tantos como describen con todo lujo de detalles sus noches históricas) y al que sólo son emocionalmente capaces de devolvernos unos pocos, que no han abdicado de nada. Alicia Malicia, como Pejo, su compañero del alma (batería de Polanski y el Ardor) son responsables de que uno, gracias a la presentación de un libro y subsiguiente miniconcierto, pudiese regresar por una hora impagable a sus experiencias de testigo, ¿mudo, cobarde, vampírico? de aquella ciudad en ese momento. Uno no pisaba (por falta de contactos, por falta de un par de añitos, por falta de pasta, por falta de arrojo, por temor a no ser admitido (por aburrido y prosaico) en esos selectos círculos de la nocturnidad. Y sin embargo uno se las arreglaba para estar al corriente, imaginar y mitificar debidamente lo que estaba sucediendo en Madrid. Bastaba con engancharte a los programas clave de no más de dos emisoras de radio y con hacer acopio de los chismes que circulaban sobre ese mundillo, con sus superestrellas, su jerarquía y sus desechos de tienta.
El obligado parón de un año que los ciudadanos de sexo masculino nos veíamos todavía entonces obligados a asumir, la "mili", me devolvió, al regreso, a un paisaje bien distinto, para el que no estaba preparado. Mis héroes de las maquetas sonaban en "Los 40", el mismo señor alcalde que se declaraba rendido admirador de John Lennox (sic), llamaba "a colocarse y al loro" y, por todas partes, como en una pesadilla, te asaltaba la palabra infame: ¡movida, movida, movida, movida...! Para los políticos, modernidad y efervescencia juvenil equivalían a una plaza de toros abarrotada con adoradores de Miguel Ríos o Mecano. Para colmo, dirigías tus antenas hacia Inglaterra para constatar, con horror, que bandas blandorras de "nuevos románticos" habían perpetrado un cruento golpe de estado para adueñarse del panorama.
Pero lo que ocurría, a lo peor, es que uno estaba ya encarnando la fábula de la zorra y las uvas, que empezaba a volverse perezoso ante la obligación de escarbar y escarbar para dar con materia nutritiva. O tal vez, simplemente, la constatación, dolorosa, de que los focos de un escenario nunca iban a ser para ti, que tendrías que asumirte ya para el resto de tu vida como mero espectador de la creatividad ajena, lector de los libros que siempre escribirían otros y severísimo juez, desde el tendido, de lo que otros podían hacer con los toros que ya nunca ibas a lidiar. A lo peor no es que la escena pop-rockera se hubiera vuelto mortecina antes de llegar a la mitad de los ochenta: a lo peor es que eras tú el que se estaba volviendo aburrido y no se enteraba ni quería enterarse de nada.
Afortunadamente Alicia Navarro no se detiene en esas menudencias. Necesita sólo cuarentaicuatro páginas (incluyendo unas cuantas de ilustraciones) para narrar su vida como cantante, guitarrista y compositora de rock. Y de cómo resultó chamuscadilla por el Ardor de Polanski. Alicia vino de San Sebastián donde, por cosas del destino laboral paterno, le tocó desperezarse al mundo y, lúcida elección, arrimarse a la escuálida escena punk local, en la que ya reinaba Poch. Después maquetas como vocalista de la banda Puskarra, el triunfo de escucharse pinchada por Ordovás o Manrique, la voluntad transgresora en un mundo cerrado -y hasta con tiroteos por las calles (País Vasco, primeros ochenta)-, su sanísima voluntad de procurarse en cada momento la compañía sexual apeticida, el imprescindible traslado a Madrid y muchas más experiencias esbozadas con maestra capacidad de síntesis por nuestra heroína. Alicia estuvo a un hit, sólo a un hit, de haber podido ser lo que merecía: nuestra Siouxsie. Alicia estuvo a un hit, sólo a un hit -o a una edad de oro chamorriana- de ser tan poderosa como Alaska en cuanto icono femenino de la nueva ola. Para mí, desde que la vi en acción la semana pasada, lo es con carácter retroactivo.
Con una actitud que, a estas alturas, aún combina fiereza, candor y verdadero talento artístico, Alicia Malicia te pone ante la evidencia: el rocanrol es ARDOR o no es nada. Y ella, bravía vocalista, contundente con la guitarra y viviendo sus estupendas letras (nunca necesitaría esconder la impotencia lírica detrás de un inglés de ortopedia), arropada por la complicidad de sus tres acompañantes en las catacumbas del Costello Club -Pejo incluido-, sólo necesitó media hora para desvelar qué males, contra los que ella nació vacunada, afectan a buena parte de los músicos de generaciones posteriores: mimetismo, sangre de horachata, híbrida timidez, nula voluntad transgresora... ¡Gracias, Alicia!
Alfonso García.
©2007 paisajeseléctricos