
(Francia/Alemania, 2007)
Chabrol coloca a su musa Isabelle Huppert en el epicentro de una historia de corruptelas políticas y podredumbres varias, y lo hace brindándole un papel con el que no resulta difícil identificar a "la pianista": el de jueza implacable, azote de chorizos y prevaricadores. La Huppert recoge el guante y desbroza su personaje dotándole de cierta "humanidad". Es una dama de hierro con sentimientos y ¡sorpresa!, hasta sonríe sinceramente en más de una ocasión.
No ha sido nunca el director de "La ceremonia" amigo de grandes discursos sociopolíticos, más bien al contrario, ha situado el grueso de su obra entre los muros de la alta burguesía; sin embargo, en "Borrachera de poder" deja al margen sus intrigas y sus juegos mentales en la cúpula de la sociedad francesa para soltarle un par de bofetadas al "sistema". Todos a la cárcel, que diría Berlanga. Y a ello que se pone el provecto Claude. Eso sí, la cinta ha sido concebida por y para el lucimiento personal de su pelirroja actriz fetiche. El suyo es el único personaje verdaderamente matizado y trabajado, y el resto se limitan a pulular a su alrededor. Esa Jeanne que la Huppert encarna no deja de ser, además, símbolo de lo arduo que le resulta a la mujer moverse en ciertos círculos, afrontar según qué menesteres y conservar, al mismo tiempo, intactos casa y matrimonio. Pero, hablando de matrimonios, hay uno que parece no romperse y que aguanta carretas y carretones, y hasta separaciones temporales: el de Isabelle y Chabrol. Prolífico, brillante y absolutamente compenetrado. Que sea por muchos años más.
Enrique Campos
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