bill evans

sunday at the village vanguard

(1961)

 

25 de junio de 1961: a veces la obsesiva rememoración de fechas que caracteriza a los críticos de jazz ha sido objeto de sátira. Pero ese domingo sí que se hizo historia. A trío. Bill Evans, Scott LaFaro y Paul Motian edificaron dos torres gemelas ("Sunday at the Village Vanguard" y "Waltz for Debby") que en adelante serían de referencia obligada para cualquiera que quiera explicar cabalmente hasta qué cimas puede escalar una escueta formación de piano, bajo y batería.

 

Bill Evans era blanco, venía de la escuela teórica de George Russell, tenía una influencia palpable del impresionismo y de la vanguardia musical europea de la primera mitad del siglo XX. Vamos, que estaba en posesión de todos los números para hacerse acreedor a una etiqueta de frío especulador, sólo apto para caricaturizables diletantes del jazz. Y, sin embargo, Miles Davis estaba loco por él; no paró hasta incorporarlo al dream team de "Kind of Blue". ¿Cómo entonces despacharle como la negación de la raíz africana del jazz y aconsejar que de Bill Evans debían ocuparse en exclusiva los especialistas en música "culta"? 

 

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Bill Evans "Waltz for Debby (Live)"

 

 

Las barbaridades que Evans, LaFaro y Motian dejaron grabadas aquel domingo de junio, tienen, sí, por ejemplo todo un clarísimo desarrollo del concepto modal de la improvisación (que, cuando por la misma época, abrazan también el propio Davis y músicos de inconfundible raíz en el blues, no provocó que a éstos se les acusase de fríos experimentadores). Pero el jazz de este hombre pálido es una antorcha sostenida a seis manos y tres cerebros. Sencillamente no había precedentes del diálogo, en pie de igualdad, entre el piano y el contrabajo de LaFaro. De pronto, el (en otras grabaciones) humilde apoyo rítmico para el lucimiento del teclista de turno se revelaba como un vivero melódico inagotable. Scott LaFaro sobrevivió diez días a estas grabaciones: un accidente de tráfico acabó, con apenas veinticinco años, con quien lo tenía absolutamente todo para haber sido el más importante artífice de su instrumento. Hay quien sostiene que lo es, pese a tan prematura desaparición. Sin duda esta vertiginosa sucesión de diálogos entre Evans y LaFaro (en los que Motian es, por cierto, mucho más que un convidado de piedra) lo que emociona por encima de todo a quien se acerca por primera o enésima vez a este prodigio total.

 

 

 

texto: Alfonso García.

 

 

 

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