
(Estados Unidos, 2007)
El fiasco de "The Polar Express" no parece haber mermado el empeño de Robert Zemeckis por convencer a la audiencia de que el futuro está en cambiar a actores por animaciones. Una vez recuperado económicamente de su batacazo polar, Zemeckis acomete la adaptación del relato épico "Beowulf", una brutal saga de vikingos por donde el hidromiel, la sangre y la violencia fluyen a borbotones. Y entretiene, claro. Es lo menos que se le puede pedir a un juguetito tan caro como este del creador de "Regreso al futuro", que ha tenido a un equipo de alrededor de cien escribanos digitales componiendo animaciones para él durante más de un año. Ésos son los verdaderos héroes de esta historia. El grado de realismo de los muñegotes de "Bewoulf" es supino; los escenarios, los monstruos y, muy especialmente, el "clonado" de los respectivos físicos de Anthony Hopkins, Robin Wright Penn o Angelina Jolie (aunque a ésta última, si nos ceñimos a lo estrictamente carnal, la clonación no puede más que estropearla) da buena cuenta de las cotas de sofisticación alcanzadas en el modelado 3D. Sin embargo, "Beowulf" se topa con la misma piedra que "The Polar Express" o que otros experimentos similares: donde no hay aliento, no hay calor, no hay emociones, no hay alma. Aceptamos a ogros verdes, caperucitas rojas o ratones replicados digitalmente; pero los ojos sin vida del alter-ego pixelado de Anthony Hopkins sólo nos gritan una cosa: ¡queremos al verdadero!
Por ahora, los actores y las actrices pueden dormir tranquilos: la era digital es aún incapaz de ofrecernos lo que nos da la carne, por mucho que visionarios como Zemeckis piensen lo contrario e incluso sean capaces, como ocurre aquí, de entregar un artilugio absorbente y absolutamente espectacular.
Enrique Campos
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