
La manera en que Godard solía fusionar el cine de temática peregrina -ladronzuelos, gángsters y demás- con una vocación y una narración absolutamente literarias o novelescas a menudo ha sacado de quicio a quienes no veían en "Al final de la escapada" o en esta "Banda aparte" más que alardes de una pretenciosidad inaudita. Pero seguramente el diletante Godard disfrutaba como un enano manejándose como un creador pretencioso e inalcanzable, por encima del bien y del mal, a imagen y semejanza de algunos de sus personajes: tipos arrogantes, maleducados y malencarados. Granujas de medio pelo con un tono de voz que parecía sugerir un "denúdate y sé mía"; con una verborre más propia de bardos y poetas que de chulapos parisinos.
En "Banda aparte" hay tres caracteres contrapuestos -el bueno, el feo y la ingenua-, un coche para tirar millas, y un robo en ciernes al que, a la hora de la verdad y aún siendo el meollo de todo lo que se cuenta en pantalla, Godard se permite la chulería de no darle demasiado énfasis. No le interesaba al director francés ser Hitchcock ni Dashiel Hammett , sólo recrearse en la pausa y las musarañas, concediendo casi nada al espectador. Hasta las paredes aparecen vac{ias, blancas, para que ni una mosca distraiga la atención de lo mucho -o lo poco- que Franz, Arthur y Odile tienen que decir. En el caso de que ellos callen, siempre habrá un narrador al quite -el propio Jean Luc - para desmenuzar reflexiones con sabor a Rimbaud.
¿Pretencioso? ¿Petulante? ¿Vanidoso? ¡Y a mucha honra! Tan descarado e insolente como recorrer el Louvre en un sprint de diez minutos.
Enrique Campos.
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