
Hay dos cosas que llenan por igual el epitafio de Elia Kazan : la primera, aunque cueste admitirlo, es que su posición de delator durante la caza de brujas del infame McArthy fue algo a todas luces repudiable. La segunda tiene mucho más que ver con nosotros y con su legado, porque hasta que tipos como él llegaron a Hollywood el cine no conoció el verdadero significado del nervio y las bajas pasiones. Así pues ¿redime su talento tras la cámara a su dedo acusador en los tribunales anti-comunistas? Probablemente no; pero tampoco aquellos comportamientos delatores y traicioneros pueden (ni deben) manchar una de las carreras más brillantes de la historia del Séptimo Arte. Sea como sea, pagó con creces sus errores siendo objeto del ostracismo más absoluto durante los últimos 30 años de su vida.
En "Baby Doll" Kazan se aliaba de nuevo (tras la archiconocida "Un tranvía llamado deseo" ) con un texto de Tennessee Williams donde odios, celos y venganzas elevan el termómetro de la pantalla hasta el punto exacto de ebullición. Nos enfrentamos a un drama sureño en forma de triángulo amoroso en el que unos inmensos Karl Malden y Eli Wallach acabarán resolviendo sus diferencias en la figura de la angelical y jugetona Carroll Baker , otro efímero mito sexual de ojos azules y cabello rubio platino a imagen y semejanza de Sue Lyon (la Lolita de Kubrick ). La suya fue una trayectoria fugaz en cuanto a reconocimiento popular que, sin embargo, dejó para la posteridad la impronta de su risa nerviosa y su mirada impúdica en el personaje de Baby Doll Meighan. Ellos tres, Malden , Wallach y Baker disfrutaron de la libertad interpretativa que Kazan les daba en larguísimos planos secuencia. Un auténtico caramelo para cualquier actor de raza.
Otra obra maestra del mentor de Brando en su etapa más prolifica. En un período de cinco años entregó piezas como la mencionada "Un tranvía llamado deseo" , "Al Este del Edén" , "La ley del silencio" o esta "Baby Doll" que traemos hoy. Genio en estado puro.
Enrique Campos.
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