at swim two birds
Roger Quigley, el hombre clave de The Montgolfier Brothers, se gusta como escritor de canciones. Esencialmente como escritor de textos. De ahí que, cuando los chicos de la distribuidora sevillana Green Ufo's le propusieron reeditar su álbum "1969 till God Knows When", no sólo se mostró receptivo, sino que fue más lejos. Le apetecía retomar canciones de ese disco, sí, pero también otras perdidas en ilocalizables ep's de culto (y ningún tema de los grabados con Montgolfier Brothers, tampoco del álbum anterior como At Swim Two Birds). Incluso los dos inéditos están escritos a finales de los noventa. La apuesta implicaba no tocar una coma de la literatura de Quigley (él se siente influido hasta por... ¡Marcel Proust!), pero, a cambio del inmovilismo lírico, dotar de un revestimiento melódico completamente nuevo a cada pieza. Quigley no tiene ninguna duda en la escala de sus prioridades como autor: primero el poeta y detrás el músico.
A primera escucha, este Quigley revisited suena, por hablar de mitología mancuniana, como un Morrissey (el color de voz se acerca) que hubiese sido objeto, durante meses, de las muy especiales atenciones nocturnas de Drácula. Hasta quedar casi desangrado, inerme. Pero en Quigley no conviene confundir la falta de énfasis con languidez plúmbea. Más de un adicto a la monoescucha seguida de sentencia sumarísima despachará el expediente con unos cuantos conceptos envolventes alrededor del término "aburrimiento". Injusto, chavalotes: menos compulsividad y más atención. O sea, escuchad menos discos, por el amor de Dios, pero escuchadlos mejor.
Quigley, en contra de su apariencia chiquilicuatre, es una araña poderosísima. La tela se va haciendo más tupida a tu alrededor a cada nueva escucha y acabas atrapado en estas tormentas minimalistas de desolación, en estos paisajes de abandono que pueden aproximarse a los que pintan Durutti Column si no es por el peso decisivo que en todos ellos (hay quien diría que hasta en la pista instrumental) tiene la narración. Roger Quigley es magnífico siempre en la descripción de sordos cataclismos sentimentales, casi siempre interpelando a la otra parte de una relación ya en estado terminal. Un disco extraño, bello y, desde luego, necesario.
Alfonso García
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