_artículos
11/05/10
   

_nadie dijo que fuera fácil

escritores borrachos, actores abstemios.
 

 

_Charles Bukowski y Mickey Rourke jamás tuvieron nada en común, al menos no cuando el viejo Hank aún habitaba el planeta tierra. Y aún así, Rourke, supo captar la esencia de Henry Chinasky. El propio escritor lo reconoció en su libro “Hollywood”. Pudo ver su juventud, su valentía, su ansia de alcohol y escritura, en la caracterización de Rourke. “Barfly” no es una película que haya trascendido en el tiempo, parece un proyecto perdido más del bueno de Barbet Schroeder, solo recomendable para fans del autor de “El cartero”. Contar la historia de dos borrachos, rodeados de más borrachos, y sin ningún tipo de resolución redentora más que seguir borrachos, sigue siendo un anatema insalvable en estos tiempos políticamente correctos. Sin filtros de pseudo moral, sin necesidad de pose ni trasgresión ni reivindicación elitista, “Barfly”  debería ser calificada como una pequeña obra maestra, la perfecta traslación al cine de una parte de la vida de Bukowski sobre la que él jamás escribió en exceso. Se desprende cierto encanto en esos bares donde jamás entra el sol. La decadencia de los borrachos reales que rodean a Rourke y a Faye Dunaway, tan repugnante y vacía, se siente más inofensiva, menos nociva. Palpamos el espíritu de la urbe, de los setenta. Incluso se echa en falta que suene algún tema del Tom Waits  más chuleta y ebrio de “Blue Valentine”  para redondear la jugada. ¿Embellecer las flores de la basura? Es Hollywood y es, en realidad, el mundo que todos imaginamos cuando leemos a Bukowski. Porque, aunque haya depresión en sus libros, jamás nos deprimimos con ellos, siempre queda una sonrisa tierna y nihilista, un aguantar porque es lo que hay que hacer, y eso, Barber Schroeder, lo pilló a la perfección. 

 
_secuencia de 'barfly'
 

Hay un detalle insólito en el universo de “Barfly”, su making of en forma de libro (aparte de las entrevistas al legendario escritor que Schroeder grabó). Bukowski no iba a desaprovechar un material tan descacharrante e hilarante como el de sus aventuras en la tierra de las estrellas. En “Hollywood”, su última novela biográfica, un Bukowski ya maduro y sereno (gracias a la estabilidad que le dio su inteligente mujer, Linda Lee), nos cuenta toda la historia de “Barfly”: desde su inicio, un guión de Hank encargado por el inquebrantable Schroeder, pasando por sus problemas de financiación, la asistencia a fiestas de famosos y, finalmente, su estreno y repercusión. Nuestro querido Mickey Rourke tiene un pequeño pero impagable papel. Llamado Jack Bledsoe en la novela, Rourke se comporta como una criatura caprichosa y extraña. Mete en la película a su colega Frank Stallone, exige un rolls royce descapotable para ir a rodaje (obliga a cambiar el primero que se le ofrece por otro de un color que le guste), y va continuamente con su grupo de colegas motoristas sin beber alcohol (él, no los amigos). Curiosa también es la percepción que tiene Buk de Mickey antes de conocerlo. Le parece un buen actor, pero demasiado neoyorquino  y demasiado obligado al recurso de su famosa sonrisa. Por no hablar de cómo Rourke rebaja caché para hacer el papel, tras ver que su, por aquel entonces, enemigo, Sean Penn, se ofrece a actuar por un simple dólar.  Entresijos escritos con gracia por “el mejor”.

 

El destino querría que posteriormente Matt Dillon, compañero de Rourke en “Rumble Fish”, afrontara también la difícil tarea de encarnar a Henry Chinasky, esta vez adaptando “Factotum”. La actuación de Dillon, sobria y contenida, es notable, pero no se puede comparar al Bukowski de Rourke. Duro y a la vez jodidamente tierno, misántropo en armonía con la parroquia de borrachos, es un solitario enamorado de la desquiciada sensualidad de Wanda Wilcox (Faye Dunaway). Hank lo tenía, y Mickey supo hacernos creer que él podía ser tan Bukowski como Henry Chinasky.

 

 

 

Ignacio Reyo.

 
   
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