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(viene de aquí)
_Cortamos entonces a Fernand, que se ve reencuadrado por la ventana, donde escribe Léolo, de espaldas a ella –reflejado en el cristal bajo los botes del alimento para culturistas- y frente a todo con lo que él nutre su vida. Lo único que representa color en todo aquello con que podemos relacionarlo es la fruta; todo lo demás es blanco y negro.
El narrador cuenta los problemas escolares de Fernand y nos sitúa en un colegio que estéticamente destaca por su apariencia lóbrega. La madre ha de hablar con un funcionario de educación sin saber exactamente a quién se dirige. Éste, por su parte, se muestra entre lacónico y huraño después de que Fernand hubiese entregado un folio en blanco diciendo que ha dibujado un conejo blanco en la nieve, por las dos caras. Pero Fernand insiste en que el dibujo sí está ahí, con un buen ejemplo de dirección de actores cuando la madre coge el folio y él lo gira para mostrarle la posición correcta en que ha de mirarlo. Con sólo catorce años, Fernand será retirado de la carrera escolar. La voz dice: “Tres días después entró a trabajar en “Dominion Glass”; cortando violentamente a Fernand en la cocina dando la impresión de que se dirige a cámara, mostrando después que, por eje, es un subjetivo de Léolo; al que saca de un susto de su proceso de escritura, con la ventana cerrada, en la mesa. El discurso de Fernand es un discurso de protesta por no haber recibido la ayuda que pudo haber necesitado de pequeño; y, dado que su formación académica es inferior a la de Léolo, pretende anteponer su mayoría de edad sobre dicha formación, apoyado en lo que parece ser el lenguaje de los músculos. La madre los sacará de dicho discurso golpeando a Léolo en la cabeza por estar jugando con carne fresca que hay sobre la mesa –sobre la que estampará su cara y que pronto recordaremos para el desarrollo de otro capítulo de la vida de Léolo-; lo que provoca que el tiro de cámara se realice desde el otro lado de la mesa –dado que Léolo continúa escribiendo, entendemos que este corte con un cambio en el tiro de cámara a un plano ahora de conjunto supone un cambio en la narración: la descripción individualizada de los miembros de su familia podría darse por terminada. No obstante, Fernand constituye el segundo término del plano multiescalar, como si aún hubiese que decir (que para el personaje sería ‘escribir’) más cosas sobre su hermano-.
Después del bloque secuencial articulado a través de la mesa de la cocina, Léolo comienza a describirse en su mundo más próximo, empezando por su relación con Fernand en la habitación que comparten pero sobre la que el mayor tiene el poder de mando.
Cold cold ground de Tom Waits acompaña a las vísperas de la primavera. Mientras en el exterior los pájaros berrean que están hartos del invierno, Fernand ronca de manera en que a Léolo le provoca arcadas. Dice que la camiseta de Fernand es el único escudo de su pudor.
Un movimiento de cámara nos lleva desde la ventana en que vemos a los pájaros sobre la nieve, pasando por una franja negra en la que parece nos adentramos en un abismo, hasta Léolo, sentado en la cama junto a su mesilla. Cortamos a un plano de su hermano, que sobre la cama parece un bebé. “Descansa tan consciente como de costumbre”. Un movimiento de cámara en dirección opuesta al anterior nos muestra cómo la habitación está divida en dos: el apelotonadamente caótico pero con algunas pinceladas de color, perteneciente a Léolo; y el amplio y ordenado pero en blanco y negro de Fernand. “[…] su lado de la habitación se agranda a medida que se hinchan sus brazos”. Al llegar el movimiento al espacio de Fernand y centrarse en las fotografías, la imagen funde a un espejo en que Fernand, reflejado desde la ventana que muestra el decorado del vecindario entristecido por la lluvia -a la que él está de espaldas en un ejercicio que podría sustituir el de escribir que Léolo hace también sobre el marco de la ventana; y Fernand podría usar el marco de una puerta, pero la elección de Lauzon ha sido esa-. Perspectivamente parece que Fernand esté ‘sacando’ la cabeza a los únicos elementos de color del plano, como si ese ejercicio fuese también parte de su masturbación mental, es decir, la finalidad del culturismo, para él, es afrontar el miedo. Y sobre él se funde ahora la imagen de sus trofeos, también con un fondo de espejo en el que se reflejan –Lauzon utiliza reiteradamente espejos para invertir el significado del símbolo que refleje- recuperando el movimiento de cámara circular de la habitación, mostrando una multiescala de Fernand, en primer término, durmiendo sumido en la oscuridad; y, en segundo término, Léolo despierto e iluminado –cada plano cuenta y, cada vez que no va a mostrarse una acción secuencial sino que la secuencia está conducida por el texto poético, el encuadre y su composición, así como el montaje, tendrá un valor cinematográfico que conforma a lo largo de toda la obra un estilo perfectamente definido, carente de cualquier incoherencia estética, más común en films que sólo buscan el preciosismo fotográfico-.
Cae la noche en el vecindario. Las ventanas comienzan a proyectar luz. Léolo, junto a la puerta del baño, observa a través de la cerradura a su amada Bianca, que está en paños menores junto al abuelo de éste, dentro de la bañera, mientras ella accede a venderle servicios indecorosos. La imagen se proyecta sobre los ojos de Léolo a través de la cerradura en lo que parece una proyección cinematográfica –idea que se verá reforzada al justificar en otro momento de la película unos planos filmados en un soporte cinematográfico distinto al del resto de la cinta-. La siguiente idea para expresar la inquietud sexual de Léolo en sus fantasías también es de luz: del interior del armario se proyecta una intensa luz blanca que despierta a Léolo, en quien está centrado el chorro de luz, junto con la canción de Bianca y su voz italiana, quien dice que desde hacía tiempo le cantaba desde el fondo del armario.
En un movimiento de cámara que nos lleva desde una ventana que encuadra una iglesia al interior de un aula escolar, la repetición sonora de las campanadas de la iglesia se mezclan con las del grupo de alumnos repitiendo, también como campanadas, los nombres en inglés de las partes del cuerpo, al ritmo que marca la vara del profesor. Pero Léolo, rodeado de compañeros que conoceremos más adelante del film, destaca por ser el único que, en lugar de mirar a la pizarra mientras recita, escribe ensimismado y, después, en una progresión escalar, inquieto por algo de la clase que le desconcierta respecto a su persona.
Cortamos entonces al cuarto de baño de su casa, en un movimiento de cámara que arranca encuadrando dos espejos y termina mostrando a Léolo sentado sobre la taza del retrete observando sus órganos sexuales con un espejo de mano. En clase pasan a recitar nombres de ciudades y países africanos, acompañando a la imagen con música étnica, para volver al cuarto de baño donde Léolo se decidirá a utilizar la carne que compra su madre para descubrir distintas vías hacía el sexo. Su hermano Fernand está en el salón merendando y ejercitando las piernas con unas pesas de pies que le hacen parecerse al monstruo Frankenstein y que trabajan sobre un concepto de repetición sonora que recuerda a los tambores de los navíos de remos, desde un punto de vista de control de vigilancia; marcado como tal en el momento en que Léolo espera a que estos reanuden su marcha para lanzarse él a su acometido. La cámara se eleva en grúa vertical al tiempo que Léolo comienza a evadirse a sus fantasías. Fundiendo en el domador de versos que lee las palabras de Léolo para referirse a sus fantasías sexuales, citando como un rosa sucio y muerto lo que podría ser el contacto con la piel de otra persona. Volvemos a fundir al baño con un doble juego de espejos: coincidiendo con la posición del rostro del domador vemos reflejado un espejo a través de otro espejo que nos será mostrado con un movimiento de cámara que nos conducirá hasta Léo adolescente, vestido de negro sentado en un rincón del baño –el doble juego de espejos viene referido a que ahora el domador también habrá sido testigo de aquellos momentos más íntimos reflejados en la escritura-. “Cada vez más atraído por el placer llegué a olvidar a Tintín y que el Congo Belga se había convertido en Zaire en 1960, me había convertido en un obseso”.
Acompañados por la canción L´Orange de Gilbert Becau, nos adentramos en las profundidades de la etapa del descubrimiento sexual del Léolo. Cortamos a un plano que juega con un cómico desafío a las expectativas dado por la imagen de Léolo en lo que parece, a través del espejo, una práctica sexual, pero el movimiento de cámara nos lleva a comprobar que está leyendo sobre la espalda de su hermano Fernand, que hace flexiones, al tiempo que la voz dice que le paga por servirle de peso en su ejercicio. “De esta manera empecé a disfrutar de la lectura” –último comentario que desvela que realmente sí aprovecha las flexiones de su hermano para estimularse sexualmente-. Su madre cocina la carne que él usa para su práctica sexual pero Léolo la rechaza, siendo Fernand quien se la coma, encontrando además algo duro en el interior de carne, a lo que Léolo responde que “A lo mejor ese cerdo tenía piedras en el hígado”. Al decir esto, el crucifijo caerá de la pared al suelo ante la expresión de extrañación de la madre. Pero el montaje nos muestra de donde vienen realmente las piedras de la carne, y es de la ventana vertical que hay sobre el baño, desde donde Léolo espía a Bianca mientras sirve al abuelo. Descubrimos realmente qué relación de contacto tiene Léolo con ella más allá de la ventana: “Hasta donde alcanzan mis recuerdos de haberme empalmado se encuentra Bianca, una vecina siciliana que nunca había pisado Italia, que venía a cuidarme y a quien mi abuelo redondeaba sus ingresos”.
Cortamos a un plano de Bianca desde el suelo del baño rodado en un soporte cinematográfico distinto al del resto del film, donde ella habla en italiano –este plano y otro igual que le sigue está justificado con la imagen que simboliza la proyección cinematográfica sobre los ojos de Léolo a través de la cerradura de la puerta-.
Cuenta que de joven le gustaba refugiarse bajo el agua, y que el fondo de su piscina era azul cielo. Vemos a Léo disfrazado de vaquero frente al escaparate de lo que parece una tienda de submarinismo en cuya decoración se encuentra el dibujo de un tesoro. Dice que comenzó a ahorrar para comprar su primer equipo de buceo. En el baño, con Bianca y el abuelo, vuelve a introducirse el plano en distinto soporte en el momento en que Léolo, y lo sabemos por una idea de sonido concebida por la burbuja que llevan sus gafas de buceo, está excitado –esto conforma un subjetivo que roza la cuarta categoría, dado que corresponde a la altura y casi posición del punto visual del abuelo, sólo que la cámara está fuera del agua; agua en que Léolo dice sumergirse. A Léolo le gustaría estar en la posición de su abuelo, aun con distintas maneras-.
Las gafas de buceo se van llenando de vaho, lo que le lleva a olvidar la imagen que estaba presenciando sobre el baño para sumergirse en sus propias fantasías.
Reflejado tras el espejo, vemos a Léo adolescente escribiendo sobre la cama, la voz del narrador, entre los grasientos ronquidos de Fernand, habla sobre una rosa de plástico que les regaló su madre. Dice que bajo uno de los pétalos tiene una etiqueta “Made in Hong-Kong”, y que mientras nadie, ni él mismo, sean capaces de realizar el pequeño gesto sin esfuerzo de quitar esa etiqueta para empezar a creer en la ilusión de la naturalidad de la flor –que también es mostrada duplicada por la imagen del reflejo en el espejo-, la rosa seguirá enterrándose bajo el polvo. “Pero me niego a tocarla, no quiero hacerme un lugar en este cementerio de muertos vivientes”; (el domador pasa página –lo que nos lleva a cambiar de tema) “Pero resulta que los dedos del pie me recuerdan que estoy aquí, salen de un agujerito en el extremo de mi manta. Cada día, sin que yo mismo me de cuenta, consigo asomar un dedo más que el día anterior. Mañana asomaré mi pie entero, y mi pierna, y pronto será mi cuerpo. Siento que debo abandonar esta vida antes de estrangularme con este agujero” –que Bianca hubiera de morderle las uñas de los pies al abuelo de Léolo y que éste asome los suyos propios por un agujero en su manta no es coincidencia, también es una elección del guionista para relacionar sus fantasías con la realidad que vive-.
Cortamos al pasillo del instituto de Léo, donde el Domador de versos trata de pedirle al tutor de éste que lea sus textos o que, al menos, le recomiende alguna lectura. Pero el tutor dice ser profesor de judo, no de literatura. Entendemos que el Domador de versos ha comprendido que Léo necesita ayuda, que en sus textos comienza a plasmarse la idea de suicidio. Y, efectivamente, el siguiente plano muestra a Léo, vestido de negro, escribiendo dentro de la bañera, con una horca al cuello. Un movimiento de cámara nos lleva desde Léo, subiendo a lo largo de toda la soga, hasta la ventana abierta a la que él se asoma para ver a Bianca.
(continuará)
_texto: Joaquín Regadera.
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