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_Son tres minutos como podrían haber sido haber sido más, los noventa y dos minutos que dura la película, sin ir más lejos. Son tres minutos que no se desarrollan en un camarote, ni contratando la parte contratante de la primera de las partes. Sucede antes, antes casi que cualquiera de las escenas memorables de “Una noche en la ópera”. Sucede en un restaurante (y de paso sirve para presentar a los personajes a la antigua usanza, o sea, comme il faut). Sucede cuando Groucho Marx, Julius para unos pocos, Otis B. Driftwood en la película, ensarta la mayor de las diatribas que haya pronunciado actor conocido en pantalla. Su víctima, no podría ser otra, la maravillosa, superba, encantadora Margaret Dumont. También Gottlieb y un par de camareros. Pero en esos tres minutos, que podían haber sido más, tanto como los otros ochenta y tantos minutos, Groucho Marx y la palabra valen por sí solos para fundir los plomos del término comedia:
“Para hacer el amor a la señora Claypool me basto yo, usted ya tiene bastante con sacarle el dinero” me parece una frase de tal magnitud (sospecho que tampoco fue frase de los guionistas habituales, los cuales en alguna de las películas de los Marx Brothers llegaron a exclamar durante un rodaje “oh, si (Groucho) ha dicho algo de lo que hemos escrito), de tal magnitud es la frase, digo, de tal calibre, de semejante talento, que mereciera ser objeto de estudio en sucesivos tomos de la historia de la comedia y/o del cine.
Hay truco. El doblaje español (ay, los tiempos en que no importaba ver películas americanas con ese maravilloso elenco de voces, años 30, 40) jugaba lo suyo. Ese “es inútil la voz, te he conocido, pollastre” no hubiera sido lo mismo si lo hubiéramos escuchado como suelo hacer con todas la películas que puedo de fuera del español, o sea, en versión original con letrericos. No lo empaña, en cambio, el doblaje, sino que lo enriquece, lo hace entrañable. Pero a lo que iba, esa frase sólo es el comienzo de una inagotable serie de diatribas y lindezas que Groucho lanza a diestro, a siniestro, al más allá (“pero al menos a los spaguetti sí los verá usted…”).
“Quieres hacer el favor de no ir gritando mi nombre por todo el comedor, yo no grito el tuyo”. Para llorar. La lógica marxista aplicada al cine, el rictus serio y conturbado de Groucho al pronunciar tales palabras (justificadísimas: no grites mi nombre al oído de todos, ¿por qué?) Y el consecuente “es inútil que finjas la voz, te he conocido, pollastre”. Repito, ¿cuántas de estas líneas estaban realmente escritas por un par de guionistas? (acaso escribieron: ¿Tiene un cerdito de leche?, exprímalo y traiga la leche en un vaso).
“Usted me recuerda a usted. Sus ojos, su garganta, sus labios. Todo cuanto hay en usted me recuerda a usted, excepto usted. Creo que está bien claro. Que me ahorquen si lo entiendo”. Hay más como ésa. Por favor, mejor vedlo y mientras yo puedo secarme las lágrimas.
*Una noche en la ópera, dirigida por Sam Wood en 1935.
José Miguel Gonzalvo
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