_En estos tiempos de cierta aridez estética –y ética- es normal que hasta la crítica de cine especializada se vea en la necesidad de crear ídolos y alzarlos a la categoría de lo sublime. Tal es el caso del joven realizador tailandés de apellido de difícil pronunciación, Apichatpong Weerasethakul, reciente ganador de la Palma de Oro a la mejor película en la pasada edición de Cannes.
Leo en una conocida revista de cine: “La última película del cineasta tailandés hace nacer el cine de nuevo, como si todo empezara hoy y los Lumière hubieran patentado su invento para retratar no estaciones de trenes y obreros en fábricas, sino ese rincón del noreste de Tailandia donde conviven fantasma y seres vivos, leyendas y fábulas, trascendencia y desmitificación, vida y muerte sin solución de continuidad".
Desde luego el párrafo es bonito. Y elogioso. Claro, lo peligroso viene por las enormes expectativas con las que carga “Uncle Boonmee who can recall his past lives” (2010), aun no estrenada en las salas españolas. ¿Conseguirá el tailandés hacerse un hueco en las carteleras? Después de leer semejante exaltación a uno le entran ganas de conocer de inmediato tamaña obra de arte. Esperemos que con el tirón de Cannes pueda estrenar pronto y ver si tales elogios son verdaderos o simple literatura.
Mientras tanto, he decidido volver a ver las dos películas que hasta la fecha están editadas de Weerasethakul en nuestro país con el objetivo de descifrar si en un segundo visionado crítico me sugieren más que cuando las vi por primera vez. En ese primer visionado, “Tropical Malady” (2004) y “Blissfully yours” (2002), cuarta y segunda película del director, respectivamente, me dejaron bastante frío. Ya entonces me había acercado a ellas porque se comparaba al director asiático con un nuevo Godard, exageración supina con la que ni el propio Apichatpong está de acuerdo, según confiesa en una reciente entrevista.
_blissfully yours:
dolor, belleza y sexo en la selva.
La novedad de “Blissfully yours” (y tal vez de todo su cine) radica en su exotismo. Es como ir a cenar a un restaurante de otra gastronomía diferente a la que estamos acostumbrados. Es cierto que Weerasethakul plantea una forma un tanto diferente de narración, con algunos saltos y huecos que el espectador debe rellenar. Consigue dejar “fuera de juego” en varias ocasiones y es innegable que posee una dimensión un tanto hipnótica, mezcla de una ajada fotografía en digital con fondos sin definición así como una sabia postproducción sonora: los ruiditos de los insectos de la selva, trastocados por ordenador, consiguen una sinfonía envolvente.
La historia tiene la forma de un triángulo. Tres personajes que se unen en el dolor. Por una parte, Orn, una señora cuarentona obsesionada con tener un hijo. Empresa imposible debido a su edad. De otra banda, Min, un joven lacayo birmano que padece una erupción cutánea que hace que vaya perdiendo la piel como una serpiente. Tiene el cuerpo lleno de ronchas y cualquier roce o fricción le resulta doloroso. Por último, Roong, una chica prometida con otro hombre pero que se ha convertido en una especie de protegida de Min, le ha enseñado a hablar y escribir tailandés, le cuida y escapa de su alienante trabajo en una fábrica para pasar el día con él en la selva.
La selva es, sin duda, el centro de operaciones y el espacio elegido por Weerasethakul para desarrollar el grueso de sus películas. “Blisfully yours” comienza en la ciudad y ésta se nos presenta deliberadamente como un espacio ruidoso y caótico donde los personajes sufren. Primero les vemos en la consulta de una médica un tanto déspota y nos informa de la enfermedad de Min y de la dificultad más que evidente de la señora Orn para concebir un retoño a su edad. Ella no cesa en su empeño y visita a su marido en el trabajo. Le transmite –por la cara del marido no parce que sea la primera vez- su intención de quedarse embarazada.
Mientras, Min y Roong cogen el coche de la señora Orn y huyen hacia la Naturaleza. El paso de la ciudad a la selva se resuelve en larguísimos planos desde el capó del coche mostrando el trayecto.
A los tres cuartos de hora de película, aparecen los títulos de crédito. Se montan sobre los jóvenes conduciendo y sobre una melodía popular que suena en la radio. ¿Qué era entonces todo lo anterior? ¿Una presentación? La irrupción de los títulos casi a la mitad del metraje denota cierta irreverencia, cierto querer romper con un modelo estándar que, bajo mi punto de vista, se queda en eso, en un divertimento o mofa sin mayor sentido dentro del film, más allá de que lo separa en dos partes, claramente diferenciadas ya por el cambio espacial ciudad-selva.
Es a partir de este momento donde Min cobra un protagonismo esencial. Apenas ha hablado durante la primera parte y ahora escuchamos su voz en off que va narrando pasajes de su relación con Roong. La voz en off está bien empleada porque rompe la literalidad con la que normalmente se utiliza y nos traslada a la subjetividad del personaje. Aparecen de vez en cuando sobre la imagen poemas y dibujos que le ha dedicado a la joven. Recurso interesante pero nada rompedor, ya en películas de los años veinte encontramos la escritura sobre la película con carácter lírico o evocador.
Si hay algo que llame la atención es la manera de afrontar las escenas sexuales de Weerasethakul. Parece querer moverse entre lo explícito y lo sugerente. El coito de la señora Orn con un amante en la selva (han llegado de estrangis con la motocicleta de Roong) se filma como una película porno amateur, cámara en trípode, plano general, sin cortes. La secuencia produce cierto rechazo o distanciamiento, aun más cuando los siguientes planos pretenden contrarrestar su efecto: son bellos detalles de las manos de los amantes acariciándose en las que descubrimos que ambos tienen anillos de compromiso. ¿Hemos de entender esto como el pudor del pornógrafo? El espíritu creativo del tailandés parece acoger la atracción por lo ostensible y el anhelo de los momentos delicados y perecederos.
Lo cierto es que cuando, en el tercio final del film, descubrimos a la señora Orn llorando en el suelo y acariciándose el cuerpo, este gesto se carga doblemente: ¿llora por no poder engendrar o recuerda las zonas acariciadas por el amante?
Otro hallazgo favorable es la conexión entre las caricias a la palanca de cambios del coche por parte de Roong, que posteriormente se trasladan, encuadradas de forma similar, a las caricias al miembro viril de Min. Debido a su enfermedad en la piel, Min ha de contentarse con la felación y la masturbación que le ofrece Roong. Ambas están filmadas con delicadeza, Weerasethakul parece no querer molestar a sus personajes y les deja hacer, regalándonos incluso el detalle de Roong escupiendo el semen de su amante en el río y enjuagándose la boca.
Río que luego cobra un protagonismo simbólico. Cuando los tres personajes se encuentran finalmente en la selva se produce una especie de bautismo en sus aguas. La señora Orn se olvida de sus problemas y ríe, bañan a Min y le quitan pedazos de su piel muerta, Roong se sumerge en el agua y parece ser feliz.
Al final de la cinta, tras una mirada de Roong a cámara, unos carteles informan del futuro que espera a los personajes. Es este otro recurso que puede epatar pero que está inventado desde hace tiempo y que uno se pregunta porque se emplea en “Blissfully yours” donde el tiempo de la narración es continuo y lineal (exceptuando esos flash backs gráficos de los dibujos y los poemas que comentábamos).
_tropical malady:
el quiosco de apichatpong.
“Tropical Malady” se inicia con un flash-forward. Un grupo de soldados descubre un cadáver en la jungla (al final del film se revelará a quién pertenece). Hay un primer detalle grotesco: los soldados se hacen fotos junto al cuerpo con las cámaras de sus móviles. Un soldado pide por radio que la chica de la centralita le dedique una canción y comienza a sonar una melodía pop con letra tailandesa. En un plano general, vemos deambular a un muchacho desnudo (también sabremos de quién se trata al terminar el film). Títulos de crédito.
La primera parte narra el romance homosexual entre dos jóvenes. Keng, un soldado destinado en la región y Tong, un adolescente que parece no acabar de encontrar su lugar en el mundo. En las secuencias que transcurren en la ciudad podemos apreciar un montaje mucho más picado, con planos cortos, gente que pasa por delante de cámara, composiciones descuidadas… El sonido va en esa dirección introduciendo el bullicio, los claxons, el caos. En contrapunto, las secuencias de la selva son más serenas, con planos largos, composiciones cuidadas, una fotografía luminosa y esa sinfonía de sonidos naturales a la que tan buen partido sabe sacarle el director tailandés. De nuevo, se vuelve a incidir en la dicotomía entre la pureza de la selva como espacio mágico y lo caótico de la urbe. Se constata la imposibilidad de acceder desde la razón a los insondables misterios que ésta reserva.
La segunda parte arranca de manera sorpresiva. Tras un largo fundido a negro, aparecen nuevos títulos de crédito sobre las ilustraciones de un cuento tradicional. “El sendero del espíritu”, está protagonizada solo por Keng y Tong. De una manera un tanto deus ex machina, parece ser que Tong ha sido poseído por el espíritu de un chamán y deambula por la selva convertido mitad en tigre, mitad en espectro que se desvanece mediante efectos digitales. La cita de Tom Nakajima que abría la película se clarifica ahora: “Todos nosotros somos por Naturaleza, animales salvajes. Nuestro deber como seres humanos es llegar a ser como domadores que mantienen a sus animales bajo control e incluso les enseñan a hacer funciones más allá de su condición de bestias”.
Apichatpong Weerasethakul nace en 1970 en Bangkok pero se cría en Khon Kaen, en el noreste de Tailandia. Estudia arquitectura y obtiene un Master en Bellas Artes en The School of the Art Institute de Chicago. Saco a colación estos datos biográficos porque otra lectura de “Tropical Malady” es la visión del viajero que retorna a su país natal. Ese joven tailandés que ha estado en Estados Unidos y regresa a su tierra, coge una cámara y filma de manera pintoresca una sociedad cargada de contrastes. No alcanzo a discernir si se trata de una mirada seria y antropológica o más bien algo caricaturesca.
El karaoke kitsch, el dios decorado con luces navideñas que emiten una melodía machacona, la sesión de fitness al aire libre, las fotografías al cadáver con los teléfonos móviles, la familia del protagonista adocenada por la televisión como en cualquier lugar del mundo… Ejemplos de la influencia externa sobre el modo de vida y las tradiciones autóctonas. Por el modo en el que están tratados llaman la atención, tienden a lo freak. Suponemos que el director-viajero es consciente de ello, ha contrastado otras culturas con la suya, y por eso lo inserta en su película.
No obstante, vemos a un Weerasethakul preocupado por recuperar lo tradicional. Lo hace insertando a mitad de la narración esa historia inspirada en las leyendas de Noi Inthanon. La antigua fábula se hibrida con la trama de la película de una forma bastante original. A través de intertítulos e insertos de textos sobre la imagen en hermosa caligrafía tailandesa, un narrador omnisciente narra, comenta e incluso alerta a los protagonistas.
Hay un momento en el que Tong y Keng son invitados a merendar en casa de unas señoras. Una de ellas, regenta una especie de quiosco donde también se venden productos occidentales. Su amiga comenta: “Gracias a este quiosco, paga los estudios de su hijo en el extranjero”. Uno se imagina a Apichatpong Weerasethakul como ese hijo.
Decía el maestro Saramago que lo mejor que le había pasado en la vida es empezar a escribir tarde, cuando tenía casi cincuenta años, y que si así lo hizo fue porque antes no tenía nada que decir. El cine de Weerasethakul (tantas veces aparece su apellido en este artículo y aun tengo que hacer copia/pega) parece tener una voz propia. Y eso, dentro del panorama internacional es motivo para tirar cohetes. Ahora bien, cuidado con la pólvora de los cohetes porque podría prender la selva…
_texto: Miguel Blasco.
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