Menos famoso que otros hitos del triunfal período Atlantic de Aretha , "Spirit in the Dark" tiene la suficiente especificidad y sustancia como para hacerse un hueco definitivo en la discografía verdaderamente imprescindible de la diva.
Ya había demostrado sobradamente sus poderes para reventar los charts de soul y poner a sus pies a críticos, colegas y a una audiencia multitudinaria. Era el momento de, sin renunciar a ser asequible también para un público blanco y orientado al pop, dar una vuelta de tuerca en dirección a las raíces de su genio. Que estaban en la tradición familiar gospel, respirada durante toda su infancia y trepidante adolescencia (madre soltera por duplicado), en Detroit.
Franklin alterna en este disco composiciones propias con versiones incandescentes. Asombra la delicadeza y la precisión con la que resuelve el momento más comercial ("Don't Play That Song" ). Te deja sin aliento el nervio con el que se asoma a los precipicios de "The Thrill Is Gone" , sin abandonarse a efectismos. Te pone al borde del aullido de entusiasmo su manera de cabalgar sobre el orgiástico ritmo de blues ferroviario de "Pullin" . Se sale del cuadro en el compromiso con el tema de su cosecha que da título al disco (como para hacer gritar ¡aleluya! al ateo de colmillo más retorcido). Y en "One Way Ticket" demuestra que nadie te va a inyectar una balada en vena a base de octavas, que es más bien cuestión de...(me ahorro la zafiedad).
texto: Alfonso García.
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